Cuando el regalo era un jamón

Eduardo de Vicente
07:00 • 23 sept. 2019

No teníamos jeque, pero todavía creíamos en los Reyes Magos y que los milagros eran posible en el fútbol. No teníamos jeque y por no tener no teníamos ni un campo decente donde creciera una brizna de hierba. Nuestro estadio era el viejo que hizo Falange en plena posguerra, con su terreno de tierra oscura y salitre, con sus gradas de escalones y almohadillas de la Cruz Roja, con su  hombre del marcador que a veces se equivocaba de casillero al poner los goles, con sus modestas torretas donde  los focos iluminaban más las gradas que el terreno de juego, con sus porterías vintage que tenían los largueros doblados por el peso del tiempo, con su colchón reglamentario que servía para aplanar los baches, con sus sacos de serrín que se echaban en las áreas los domingos que llovía, con su juego de altavoces por los que sonaba la música militar media hora antes de los partidos y por los que se informaba a los aficionados de las sorteos que se celebraban en los descansos. 



Como no teníamos jeque no se sorteaban coches, sino jamones serranos que en aquel tiempo eran el paradigma de la abundancia. Aquel que salía del campo con un jamón era capitán general y llegaba a su casa en loor de multitudes, coreado por los vecinos y recibido como un héroe por su familia. El jamón era un regalo habitual en el fútbol, pero en alguna ocasión se llegó a sortear un tresillo, una televisión y hasta un dormitorio de matrimonio completo. 



Era un jamón humilde en una época donde nada sabíamos de la denominación de origen ni de la existencia del ‘pata negra’. Era un jamón sin grandes pretensiones, pero reglamentario, suficiente para los bocadillos de los niños y para apurarlos hasta el hueso, que acababa dándole sabor a la olla del cocido. 



Los jamones llegaron a ser también la motivación de los jugadores del Almería cuando una peña local puso de moda regalar una pata de serrano al más regular. 



Cada vez que el equipo disputaba un encuentro en el Estadio de La Falange, la peña Ruiz Collado le regalaba un jamón al futbolista más destacado en el último partido. Los peñistas saltaban al centro del campo y le hacían entrega del premio al agraciado, detalle que era recibido con euforia por los elegidos y con sorpresa por parte de los árbitros y de los jugadores del equipo contrario, que no estaban acostumbrados a ese tipo de agasajos. Tampoco era habitual, como ocurría en nuestro estadio, que a mitad de un partido el encargado de la megafonía abriera el micrófono para anunciar que una determinado establecimiento le regalaba una caja de vino o una televisión, al jugador del Almería que consiguiera el primer gol. Otra costumbre que se perdió hace tiempo era la de aprovechar el fútbol para mostrar los productos típicos de la tierra. Recuerdo que cuando venía a jugar el Jerez el capitán le regalaba una caja de vino al Almería o aquellas muestras de aceite que traía la expedición del Real Jaén. Lo que no recuerdo es si cuando venía el Melilla traía tabaco o transistores. 



Aquel fútbol era más inocente que el de ahora. Todos éramos un poco más inocentes. Antes, cuando íbamos al estadio el portero te saludaba por tu nombre y te preguntaba por la familia. Íbamos al fútbol con ánimo de fiesta y abundaban las peñas y los grupos de amigos que con la coartada del partido organizaban auténticos banquetes en las gradas donde no faltaba un buen jamón, una manta de tocino, la bota de vino, latas de cerveza, el saco de habas y para rematar la tarde la petaca llena de coñac para el postre. Íbamos al fútbol como el que sale de excursión, dispuestos a pasar dos horas de grandes emociones con el estómago lleno. Si hay algo que echo de menos en el fútbol es la presencia de las botas de vino que iban de mano en mano, de boca en boca.






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