La cofradía del último de la tarde

Había aficionados que esperaban a que abrieran las puertas en el último toro

Un grupo de aficionados de los que esperaban a que abrieran las puertas para el último toro, buscando un hueco para ver la corrida del Cordobés.
Un grupo de aficionados de los que esperaban a que abrieran las puertas para el último toro, buscando un hueco para ver la corrida del Cordobés.

Eran aficionados de puerta, auténticos reyes de la paciencia que asumían con resignación su condición de espectadores de oido desde la acera de la fachada principal de la Plaza de Toros. Ellos también iban a los toros, pero con los bolsillos vacíos y sin merienda. 


Llegaban temprano, se colocaban  a unos pasos de la puerta y veían pasar a la gente con las entradas en las manos y con las neveras repletas como si fueran de excursión. Con esa misma pincelada de envidia miraban también a los miembros de la Cruz Roja, que tenían la virtud de estar en todas partes y de entrar gratis porque iban a realizar un servicio. Pasaban los abonados con todos sus aperos, pasaban los de la Cruz Roja, los de la regadora y la banda de música, y allí seguían ellos, esperando su turno. Eran los aficionados de la espera, los que solo tenían la esperanza del último toro, los que vivían de la generosidad del empresario que tenía el gesto de abrir la puerta en los minutos finales. Llegaban a su puesto y se instalaban delante de los porteros sabiendo que tenían por delante tres horas para poder disfrutar del tesoro de un instante, de diez o quince minutos, el tiempo suficiente para poder contar después que esa tarde habían estado en los toros.


Merecían un homenaje, una humilde placa junto a la puerta principal, en la que se reconociera la constancia y la paciencia infinita de aquellos aficionados de oido que escuchaban la corrida emocionándose con los ‘olés’ que se cantaban en la grada, imaginando los éxitos y los fracasos de las figuras. Había hasta quien se llevaba una cantimplora y un bocadillo para creerse de verdad que había estado en los toros. 


Después de tanta espera, cuando por fin llegaba el momento, cuando los porteros descorrían el cerrojo principal y las puertas de hierro se abrían de par en par, los taurinos sin dinero echaban a correr en busca de un hueco, aunque solo fuera una rendija para poder absolver cada segundo de la última faena de  la tarde. Entre aquel nutrido grupo de hinchas que aguardaban el final de la corrida siempre había alguno de los que no habían podido colare esa tarde. En Almería había mucha afición por entrar gratis a los espectáculos y cuando llegaban las corridas de feria salían de sus guaridas auténticos profesionales del arte del engaño y de la escalada, que no dudaban en jugarse el tipo trepando por la pared para colarse. Eran consumados artistas en entrar de ‘gañote’ o de ‘válvula’, como aquí se decía, que a veces fracasaban en su aventura y se veían obligados a quedarse en la puerta, en el anonimato de los aficionados del último toro.


Entre los que esperaban a que abrieran las puertas en los minutos finales y entre los que se colaban había un porcentaje alto de gente joven, de adolescentes que acudían en gran número a los toros y  que formaban la cantera que aseguraba el porvenir de la fiesta. 


La táctica de la espera no solo se daba en los toros. Recuerdo de niño la cantidad de personas que se quedaban en la puerta de la Plaza Vieja cuando venía alguna actuación importante en la feria. Hubo noches que hubo tanta gente dentro como fuera. También ellos esperaban ese milagro del último momento, ese instante en que se abrieran las puertas para asistir a los últimos minutos del recital, con la ventaja de que desde fuera también se podían escuchar las canciones.


Como en los toros, como en los grandes espectáculos, el fútbol también tenía sus aficionados de oido que iban al estadio de la Falange, se pasaban todo el partido con la oreja pegada a la puerta y toda la segunda parte convenciendo a los porteros para que les abrieran las puertas y los dejaran pasar. “Déjenos pasar. Si ya está el partido resuelto”, era alguna de las frases que empleaban para entrar al campo. Era la hinchada de puerta, tan metida en su papel que festejaban los goles del Almería como si estuvieran dentro.


En esta ciudad siempre hubo mucha  afición a entrar al estadio sin pagar. Unos aguardaban el regalo de los cinco últimos minutos, otros intentaban colarse por los focos, otros saltando la tapia, otros trepando por los árboles  y otros tratando de aprovechar la familiaridad con el portero. Muchos niños de entonces quisimos estirar la infancia hasta el límite y cuando nos acercábamos a la taquilla sacábamos la entrada de niño que era mucho más barata. El problema es que ya no éramos tan niños y cuando llegábamos a la puerta el conserje nos miraba de arriba abajo, se quedaba con la vista fija en el bigote y nos decía: “Nene, tú tienes ya los huevos gordos”.



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