El trabajo de los feriantes secundarios

La feria de día dejaba ver la realidad de aquella vida itinerante de obreros nocturnos

Unas niñas con el botijo del agua frente a la tómbola que estaba situada en el Parque, a la altura de las antiguas pérgolas.
Unas niñas con el botijo del agua frente a la tómbola que estaba situada en el Parque, a la altura de las antiguas pérgolas.

La feria a deshoras era un escenario caótico. Entre bastidores, la feria mostraba los entresijos de un trabajo duro basado en la vida itinerante de aquellos obreros que trabajaban de noche y dormían de día. A mí me gustaba adentrarme en la feria al mediodía, cuando la tramoya estaba patas arriba como una casa sin arreglar, cuando los feriantes bostezaban debajo de una sábana tendida en el suelo, cuando el más madrugador se afeitaba delante de un espejo desvencijado.


Qué distinta debía de ser la vida de los feriantes y sobre todo la de sus hijos, aquellos niños que veíamos jugar entre los hierros de los cacharros con los cuerpos medio desnudos y los cabellos alborotados. Yo les tenía envidia porque en mi imaginación infantil pensaba que no tendrían la obligación de ir a la escuela cuando llegara septiembre.


La ropa recién lavada que tendían con una cuerda de los postes de la luz; la palangana donde se lavaban la cara; la vieja caravana donde viajaban y vivían, donde siempre había una televisión en miniatura a la que se le iba constantemente la señal. Los niños de mi barrio solíamos frecuentar a los feriantes de día por si querían que les hiciéramos algún recado en la ciudad a cambio de unas cuantas fichas para montarnos gratis en la atracción. 


Además de los feriantes profesionales, que casi siempre venían de fuera, estaban los autóctonos que aprovechaban la feria para sacarse unos duros en actividades que en algún caso llegaban a rozar la mendicidad.


Recuerdo la figura de ‘el porricas’, un gitano que venía desde el camino de la Campsa, en el cerro sur de La Chanca, buscando la generosidad de la gente en las noches de feria. Se sentaba en un tranco, se quitaba el zapato, se sacaba el calcetín y mostraba su espectacular dedo gordo del pie que era tan grande como el puño de una mano. Qué contento se ponía ‘el porras’ cuando le llenaban el pañuelo de monedas y con los ojos entornados y con media sonrisa en los labios, festejaba el éxito en la primera taberna que encontraba de vuelta a su casa.


Había otros que se sacaban su sueldo en feria con puestos tan sencillos que a veces no pasaban de una simple manta en el suelo. Recuerdo a los que se dedicaban a vender paquetes de tabaco. Enseñaban el legal y en una talega, escondido, guardaban el rubio americano, el que le habían traído de contrabando en el barco de Melilla


Otro feriante de los de segunda fila que no necesitaba de una tramoya exagerada para vivir era el del balón. Colocaba en el suelo dos paquetes de tabaco y a unos metros ponía una pelota. El jugador tenía que lanzar un penalti y derribar las dos cajetillas para poder llevarse el premio. El puesto era tan humilde como el del vendedor de globos.


A mí me gustaba mucho el hombre de la ruleta y los relojes. Te daba la oportunidad de llevarte un flamante reloj de pulsera con un movimiento de muñeca. A primera vista, la gesta parecía sencilla, ya que en casi todas las casillas había colocado un reloj, por lo que el porcentaje de acierto doblaba al de errores. El problema radicaba en que había truco por medio y la flecha de la ruleta se detenía donde el buscavidas mandaba. A veces, dejaba que alguien ganara y se llevara el reloj, pero casi siempre se trataba del compinche que le ayudaba a montar el número.


El de la ruleta era primo hermano de oficio del trilero que escondía la bolita debajo de las cartas y de los cubiletes. Era un maestro del timo, qué habilidad tenía para adivinar que el cateto venía con la cartera cargada y con qué paciencia iba embaucándolo hasta dejarlo sin blanca. El trilero de la feria tenía una buena preparación física, la que necesitaba para estar en alerta permanentemente y para echar a correr cuando veía aparecer a los guardias municipales.


Un año, sería a principios de los setenta, a la entrada del Parque se instaló una mujer vestida de adivina que decía tener poderes para leer en las manos y ver el porvenir. Un grupo de niños nos dejamos escrutar a cambio de cinco duros. La mujer, en estado de éxtasis, nos leyó el futuro y a mí me dijo que iba a ver mundo y que tendría muchos hijos. Si me la volviera a encontrar le daría un premio porque la pobre no acertó ni una.


Entre aquellos feriantes de segunda categoría que aprovechan el bullicio para sobrevivir, estaban los niños que se pasaban las noches de plantón con el botijo del agua. La gente pasaba con sed, le daba un trago al botijo y le dejaba un par de pesetas en la manta. Había un trabajo infantil en aquellas ferias de entonces que no estaba permitido, pero que apenas se castigaba porque las autoridades optaban por hacer la vista gorda y dejar que cada uno se ganara el pan como pudiera. 


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