Las grandes atracciones de la Feria

Entre los espectáculos mayores estaban la caseta de los bocadillos y los gigantes

La Caseta de los Díaz  en el año 1973, cuando se montaba en el corazón del Parque Nuevo.
La Caseta de los Díaz en el año 1973, cuando se montaba en el corazón del Parque Nuevo. La Voz

Una gran atracción podía ser cualquier cosa. Una gran atracción fue, para muchos niños de hace cincuenta años, aquella caseta de los espejos donde nos multiplicábamos en figuras grotescas. De pronto nos veíamos gordos y desencajados, o delgados como farolas. Las caras se estiraban de forma monstruosa y nos divertían aquellas formas esperpénticas que salían de nuestros cuerpos.


Un gran espectáculo de la feria era ver como los muchachos más intrépidos se encaramaban al palo lleno de grasa que colocaban en el muelle para las cucañas, y como se jugaban el tipo por un jamón o por doscientas pesetas. Una atracción extraordinaria eran sin duda las dianas de los gigantes y cabezudos cuando iba la banda municipal acompañando y cuando para  poder conseguir una careta los muchachos tenían que hacer colas durante toda la noche. Y una atracción familiar que llegó a convertirse en tradición fue comerse el bocadillo en la caseta de los Díaz.


A lo largo de la historia de la feria los distintos ayuntamientos trabajaron para sorprender con nuevos espectáculos a los almerienses, incluso en los tiempos de menos recursos económicos, cuando el presupuesto no daba ni para encender las bombillas. Para la Feria de 1946 el ayuntamiento hizo un esfuerzo ampliando la iluminación hasta el Parque en tiempos de fuertes restricciones. En una época en la que se iba la luz con frecuencia en las casas y en las calles, aumentar el alumbrado en el recinto ferial era un gran acontecimiento en la ciudad. Ese año se mejoró el alumbrado del Paseo, de la Plaza Circular y el de la calle Reina Regente, y se pusieron bombillas de colores por el Parque Nuevo hasta la altura de la calle Real.


El Real de la Feria empezaba en el Paseo y llegaba hasta la explanada del andén de costa, donde se distribuían las humildes casetas y las escasas atracciones que entonces acudían. Abundaban los puestos ambulantes de almendras garrapiñadas y chufas, y los tenderetes de turrón. No faltaban ni el muchacho del botijo del agua fresca que vendía los tragos a perra gorda ni el puesto itinerante  del heladero.


Uno de los grandes espectáculo de aquella Feria fue la presencia del motorista de la muerte, también conocido como el hombre-moto, que desafiaba las leyes de la gravedad dando vueltas a toda velocidad por una pared circular.


Más asombroso todavía era el número de la cabeza parlante, instalado en una pequeña caseta escasamente iluminada, donde una cabeza de mujer sobresalía del tablón de una mesa de camilla. Por el efecto óptico que se creaba mediante un espejo colocado de forma vertical, daba la impresión de que la cabeza carecía de cuerpo y gravitaba en el aire mientras respondía a las preguntas del respetable. Uno de aquellos años de posguerra se montó una atracción que tuvo mucha aceptación entre el público. Se llamaba el Museo de Joselito y consistía en algo parecido a un teatrillo en el que se representaba la muerte del famoso diestro sevillano de principios del siglo veinte.


Las primeras ferias de posguerra eran también las de los bailes de sociedad en las verbenas que cada noche se celebraban en la terraza del Tiro Nacional, y los bailes de lujo que se organizaban en el Casino, exclusivos de la alta sociedad.


En 1946 la organización de Educación y Descanso instaló una caseta para bailes en la Terraza Apolo, un anchurón estratégico que estaba situado en la esquina de la calle Reina Regente y el Parque, en el solar donde veinte años después empezó a construirse el Gran Hotel Almería. La Terraza Apolo se convirtió entonces en el gran centro lúdico de la ciudad, donde iban los jóvenes a patinar, a jugar al baloncesto y a ver combates de boxeo y películas de cine en verano.


En aquella época las tómbolas eran uno de los grandes alicientes de la Feria de Almería porque ofrecían a la gente la posibilidad de obtener un premio decente por una pequeña inversión. Uno año apareció por la ciudad la tómbola del hombre de los pollos. Era una especie de barraca que olía a corral, cargada con jaulas de madera llenas de pollos saltarines. Fue una novedad para el público, que acudía en masa a la rifa en busca del ansiado trofeo. Para las familias humildes de Almería, llevarse un pollo a su casa en tiempos donde se pasaba hambre, era un triunfo importante. Muchos de los que vivieron aquel acontecimiento, recuerdan todavía la curiosa imagen de las parejas de novios, vestidas con las mejoras ropas que tenían, caminando por en medio del Paseo con un pollo de la mano.


El éxito fue tan rotundo que hasta la popular tómbola de la Caridad llegó a rifar pollos vivos.


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