El pan que se besaba si se caía al suelo

Hoy tenemos pan con cien apellidos, pero es difícil dar con uno que huela y sepa a pan

Era habitual que el pan se  llevara en talegas de tela y a veces debajo del brazo.
Era habitual que el pan se llevara en talegas de tela y a veces debajo del brazo. Eduardo Pino

El pan se ha convertido en un dios con cien nombres y cien apellidos, pero un dios desvirtuado, venido a menos, un dios comercial que anda bajo sospecha. Pan integral, pan de centeno, pan de trigo sarraceno, pan de espelta, pan con semillas, pan con remolacha, pan de horno de leña, cuánta variedad pero qué difícil resulta encontrar una barra de pan que huela y sepa a pan. 


Yo me quedo con el pan sencillo, con el pan a secas, con aquel pan de mi infancia que traía el repartidor en una canasta encima del portaequipajes de la moto. Cuando pasaba el panadero los niños salíamos corriendo detrás buscando el placer de esos diez segundos de aroma que iba dejando de rastro. El olor a pan te abría el apetito y a veces corríamos hasta nuestras casas para darle un pellizco al bollo y seguir jugando después. 


Aquel pan crujiente de las mañanas lentas de los domingos, cuando nos levantábamos tarde con el perfume del pan tostado untado en mantequilla. El pan fugaz de la hora del recreo, el pan eterno de las meriendas cuando nos obligaban a comernos el bocadillo si queríamos salir a la calle a jugar. El pan con sobrasada de las tardes en la playa, cuando con el cuerpo mojado y las manos llenas de sal devorábamos el bocadillo como si fuera la primera vez.  El pan furtivo que mojábamos en el caldo de la comida antes del almuerzo y aquel trozo de pan prohibido que empapábamos con leche condensada sin que nadie nos viera. 


Venerábamos el pan como si fuera un dios y en las casas teníamos la costumbre de besarlo cada vez que se te caía al suelo. Nuestros mayores nos habían contado las historias del pan racionado de las cartillas y las colas, del pan de las estraperlistas que se iban a los pueblos de Granada a buscarlo y regresaban cargadas con sacos. Cuando se acercaban a la ciudad, a la altura de la barriada de Los Molinos, lanzaban la mercancía a los que estaban esperando al otro lado de la vía para no tener que pasar por esa aduana del hambre que era el fielato.


El pan con pan de las meriendas del hambre, el pan con aceite que sabía a gloria, el pan con la onza de chocolate cuando el chocolate era un artículo de lujo. Los niños de los años sesenta y setenta, tuvimos el privilegio de elegir lo que le metíamos dentro al bocadillo. Fuimos la generación del bocadillo de mortadela, del chorizo Revilla, del foie gras Pamplonica y del Tulipán, y también los que vivimos en primera persona aquella pequeña revolución en las meriendas que supuso la salida al mercado de la crema Nocilla. Venía en un vaso que servía de gancho para las madres, pero no estaba al alcance de todos los bolsillos. En 1971, cuando empezó a ponerse de moda, un vaso de Nocilla de 240 gramos costaba 28 pesetas, una cifra importante comparándola con la tradicional sobrasada, que valía a diez pesetas el cuarto.


El pan con Nocilla era un botín tan suculento que preferíamos disfrutarlo en la intimidad de nuestras casas. En mi barrio no era aconsejable salir con semejante tesoro a la calle ya que corrías el riesgo de que te lo quitaran a pellizcos. Todo lo contrario que los humildes bocadillos de mortadela o de mantequilla, que en el contexto callejero se te hacían tan pesados que en ocasiones los niños acabábamos olvidándolos en un tranco o junto a la piedra del poste de la portería para que merendaran las hormigas.

“Dame pan y dime tonto”, decía el refrán cuando el pan era nuestro mejor aliado. El pan caliente de las panaderías que lo íbamos devorando por el camino sin sacarlo de la talega, el pan de los bocadillos de morcilla de la Feria que vendían los Díaz, el pan para las migas en los días de lluvia, el pan duro que se guardaba en la despensa para dárselo a los pobres que pasaban los sábados pregonando su pobreza de puerta en puerta. 


El pan mítico de Guadix que era el rey de todos los panes. Cada vez que íbamos de viaje a Granada parábamos de regreso en Guadix para comprar uno de aquellos panes redondos que duraban tanto que acababan siendo la comida de las gallinas y de los conejos que criábamos en el terrado. 


El pan crujiente, el pan caliente, el pan que te dejaba su olor entre los dedos y un regusto a verdad en medio del paladar. Aquel pan que hoy seguimos buscando en algunos de esos establecimientos que anuncian horno de leña o cada vez que vamos a un pueblo. El pan que se amasaba de noche, el pan hecho de madrugadas y de masa madre cuando ninguno sabíamos lo que era  la masa madre. El pan que te alimentaba con solo olerlo, el pan que no se doblaba como si fuera un un juguete de goma.


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