El inglés que renunció a todo por amor

Walter Maclellan renegó de su fe, de su herencia, por estar al lado de la almeriense Genoveva

Walter Maclellan, diplomático y empresario, con su característico bigote imperial.
Walter Maclellan, diplomático y empresario, con su característico bigote imperial.

Era cónsul de Colombia, pero no tomaba café; era inglés, pero en su casa de Navarro Rodrigo 18, solo se hablaba español y francés; era refinado de gustos, con un bigote imperial de Hércules Poirot, pero no se privaba de reír a carcajadas y de decir tacos a los toreros con acento andaluz cuando se sentaba con la familia en su palco de la Avenida de Vilches.


Walter Maclellan Aldrich fue uno de esos intrépidos británicos que llegaron a Almería- como los Kirkpatrik, los Spencer, los Burr- al reclamo de la actividad metalúrgica y que terminaron diseminando aquí su semilla, mezclándose con la burguesía de la ciudad . Parte de eso fue también así en la biografía del pinturero Walter, pero no todo. 


Había nacido en la legendaria Liverpool, donde tantos barriles con serrín y uva almeriense llegaban, en una familia oriunda de los Highland de Escocia, pero se educó en París, en La Sorbona, donde sacó el título de ingeniero y donde empezó a trabajar en empresas vinculadas a los abonos químicos y fosfatos. 


Así llegó a Málaga, a finales del XIX, como consejero de la Compañía Agrícola y Salinera Fuente de Piedra, tratando de hacer ver de que el suelo se podía abonar con algo más que estiércol. Decidió sondear nuevos negocios en la vecina Almería, entonces en ebullición con inscripciones y demarcaciones continuas de nuevos criaderos metalúrgicos. Entró a formar parte en 1899, como subdirector, de la Societé Miniere de l’Espagne Meridional, una empresa francesa, que empezó a explotar las concesiones de hierro de Beires denominadas “Ganar Tiempo” y “Probar Fortuna”. 



Allí ejercía su trabajo con laboriosidad el ingeniero Maclellan, con proyectos de cables aéreos y de trabajos en el Barranco Maezo para desviar el agua como fuerza motriz del río de Ohanes. También adquirió derechos sobre el mineral de hierro de El Sopalmo y en la rica mina Santa Matilde, en Cuevas del Almanzora, y luchó para conseguir la desecación  de Las Rozas, en Herrerías. 


Conoció entonces -en esas jornadas de caballo y cantimplora por las sierras, por asuntos de lindes- a la propietaria de unos terrenos en Fondón, Emilia Godoy Ramírez, y a su hija Genoveva, con la que terminaría casándose en la iglesia de Santo Domingo en 1901, con la bendición del arcipreste de la Catedral, don Eusebio Sánchez. Unos meses antes, el joven Walter, para poder contraer matrimonio católico con la mujer que quería, tuvo que renunciar a su fe, a su religión protestante, a la Iglesia Anglicana, y para ello se bautizó frente a la bahía de Almería, en el camarín de la nave Nuestra Señora de la Victoria bajo los oficios del provisor don Gregorio Naranjo, añadiendo a su nombre original el de Emilio, Víctor, María de la Victoria.


Walter era hijo único, criado bajo una estricta tradición victoriana y sus padres no aceptaron su conversión al catolicismo para casarse con una almeriense y ese gesto de amor le costó ser desheredado por sus progenitores, hasta donde la ley lo permitió, como aquel compatriota suyo, Eduardo VIII, que renunció al trono en 1936 por casarse con una americana divorciada y cambió la historia de Gran Bretaña.


Walter y Genoveva se avecindaron en la calle Navarro Rodrigo, 18, esquina con Reyes Católicos, en una casa burguesa que aún se conserva, encima de donde está Bolsos Carlos. Allí, en aquellas primeras décadas del siglo XX fueron criando a siete hijos –Genoveva, Walter, Andrés, Carlos, Edith, Emilia y Luis- con una mezcla de costumbres almerienses, francesas y británicas, como los desayunos pantagruélicos de huevos revueltos y beicon y el té de las cinco.


 Walter no descuidaba sus ocupaciones en la sierra de Beires, ni a sus mineros, a los que protegía, por encima de todo. Escribió artículos en revistas del gremio como Almería Minera en los que veneraba el trabajo laborioso de los peones en el subsuelo: “En ninguna región ofrece el trabajador al capitalista más útil colaboración que en la provincia de Almería”. 


Walter fue un protector de los derechos de los trabajadores y construyó un avanzado poblado minero, con criterios modernos para la época, en el que había escuela, hospital, capilla dedicada a Santa Genoveva patrona de París, club social y campo de deportes, lo que propició que el Ayuntamiento le concediera el título de Hijo Adoptivo de Beires.


Pero conforme fue decayendo la demanda del mineral alpujarreño por la I Guerra Mundial, Walter, que hablaba tres idiomas, se apegó a la carrera diplomática. Fue designado vicecónsul de Colombia en Almería y en 1913 se marchó por un tiempo a Madrid como Cónsul General de este país en España, abriendo oficina y vivienda en Núñez de Balboa. 


Allí, con su aire marcial, vestido de frac y alto copete, lejos de los polvorientos caminos mineros, participaba en fiestas y agasajos, allí recibió las credenciales de Alfonso XIII en el Palacio Real y allí fue condecorado, por sus servicios, con la Cruz de Boyacá, la más alta distinción del Gobierno de esa República. El Gobierno español también lo condecoró con la Orden del Mérito Civil en virtud de su adhesión a que el castellano fuese declarado idioma oficial en los congresos internacionales diplomáticos. Pero no se olvidaba de Almería, su particular Zihuatanejo, donde era Cónsul Decano de colegas como Eduardo Romero, Juan Antonio Martínez de Castro o Herman Fischer. Y a ella volvía temporadas enteras y subía a ver sus posesiones en Fondón, como el Palacete de las Godoyas, y después bajaba y participaba de las tertulias del Casino con su amigo Adolfo Viciana, con quien se compraba trajes en París. Walter colaboró con el ingeniero del Puerto Francisco Javier Cervantes en la compra de la sede a los herederos de Emilio Pérez Ibáñez y avaló el crédito solicitado por la Sociedad Casino al Banco Hipotecario por valor de 135.000 pesetas, según se recoge en la Memoria de la Sociedad de 1906. Era también un gran aficionado al tenis, formando parte de la primera directiva del Almería Tennis-Club en 1911  y al carnaval, para el que siempre se disfrazaba de personaje medieval en los bailes de Piñata. 


Cuando estalló la Guerra se trasladó por precaución a Gibraltar como súbdito británico y se llevó con él a algunos almerienses de la familia Cassinello. Y al acabar el conflicto volvió a Almería y era como si la ciudad -y él mismo- hubieran envejecido. Y lo había hecho: cuando llegó a Almería tenía 24 años y cuando principió la Postguerra ya contaba con 69. Traspasó a su hijo Luis la actividad consular y fue encerrándose poco a poco en su viejo despacho de Navarro Rodrigo, donde leía hasta la madrugada y se levantaba a las 12 para desayunar sus queridos huevos revueltos, donde recibía a sus nietas a las que saludaba en francés: ‘Bonjour, As-tu bien dormi?’.


 Así se fue apagando la llama de este británico, de este parisino, de este almeriense, que renunció a todo por una tal Genoveva, el amor de su vida, hasta que falleció en 1953 y fue enterrado en el cementerio de San José, donde una lápida lo recuerda desde entonces. Hoy solo queda en Almería una nieta, Edith, que mantenga vivo el apellido de aquel clan escocés de los Maclellan.



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