Las dos prisiones de Ana Julia Quezada

La acusada vive protegida, rechaza las cartas y teme represalias por el revuelo de las noticias

Ana Julia Quezada entra en un acto durante la búsqueda
Ana Julia Quezada entra en un acto durante la búsqueda La Voz

Ana Julia Quezada vive atrapada en dos prisiones. La primera tiene muros altos y alambradas. Rejas. Suena metálica en los cerrojos sellados a su paso y brilla en el suelo encerado de los largos pasillos del módulo número uno. Aprieta.


La segunda se siente entre miradas de patio y confesiones de comedor. Persigue sin tocar. Amenaza sin hablar. Nace en el misterio de la fama y crece alimentada en los ecos de cada noticia. Ahoga.


El devenir de la presunta asesina del pequeño Gabriel Cruz está marcado irremediablemente por esta dualidad. La interna cumplirá el próximo 15 de marzo un año de prisión provisional y, mientras trata de adaptarse a la rutina penitenciaria, sufre angustiada la onda expansiva de las informaciones sobre su caso.


Su fama la precede. Desde su llegada a la cárcel de Almería ha pasado dos tercios de su tiempo en el régimen de protección contemplado en el artículo 75 del Reglamento Penitenciario y, por tanto, prácticamente aislada del resto de internas del departamento.




No ha sufrido incidentes significativos, gracias en buena medida al estrecho seguimiento realizado por los funcionarios de El Acebuche desde el primer día, sin embargo, los insultos y amenazas recibidos han coincidido siempre con las últimas noticias sobre el caso. La información atraviesa los muros e impregna la convivencia, las conciencias dentro de la cárcel.


Ana Julia Quezada interpretó con amargura su inicial aislamiento, solo compartido con unas pocas compañeras de celda en fases rotatorias. Pasaba gran parte del tiempo en la celda, recorría sola los pasillos de su ala (cerrado al resto de reclusas) y bajaba a dependencias comunes cuando el resto del módulo uno las había abandonado.

Adaptación y familia
La adaptación fue difícil. Solicitó en dos ocasiones su traslado a los centros penitenciarios de Sevilla y Burgos, casi una escapatoria a una situación de enorme tensión y miradas inquisitorias. Las informaciones sobre el sumario aplastaban como una losa pesada cada pequeño paso hacia la normalización.


El Acebuche midió cada centímetro del caso y, en un esfuerzo tan callado como efectivo, consiguió grandes avances. A principios de septiembre Ana Julia Quezada bajó por primera vez al patio con el resto de internas del ‘módulo de respeto’ (coloquialmente ‘de buen comportamiento’).


La presunta asesina del pequeño Gabriel Cruz había conseguido cierta paz diaria tras seis meses en régimen de protección. Redujo sus contactos en el exterior básicamente a dos familiares en Burgos y en Italia y rechazó decenas de cartas enviadas por medios de comunicación y, muy especialmente, de ciudadanos anónimos conmovidos por la muerte del pequeño almeriense en Rodalquilar (Níjar) el 27 de febrero de 2018.


Durante la pasada Navidad cambió su perspectiva. Quezada volvió a las condiciones de protección y aceptó este cierto aislamiento como un alivio. El mismo régimen, distintas circunstancias.


Un giro

En vísperas de fin de año una interna se levantó en el comedor y la insultó públicamente. Acababan de publicarse las informaciones sobre la inauguración del monumento a La Ballena en Almería y las noticias avivaron un fuego latente. Ana Julia Quezada regresó a su celda y provocó una heridas en una mano y la muñeca, probablemente con el envoltorio de una pastilla. La gota colmó el vaso. El Acebuche tomó medidas.


Desde entonces, la soledad de la acusada pertenece a una calculada estrategia para asegurar la convivencia. La interna rehúsa verse en las pantallas con la sudadera roja que se puso durante el registro y la reconstrucción del crimen en la finca de Rodalquilar o, peor, con la camiseta blanca con la cara de la víctima serigrafiada durante la búsqueda hace año.


Ahora bien, no puede controlar las noticias que aparecen periódicamente y caldean al medio centenar de mujeres que la acompañan. Por eso acepta con mejor grado ciertas restricciones de movimiento. Tacha fechas marcadas en el calendario a la espera del paso del huracán. Ahora el aniversario. Luego la fecha del juicio. Y finalmente el encuentro con el tribunal, el jurado, los medios.


La hispanodominicana de 44 años mide los tiempos a la espera de poder cumplir su condena en la cárcel de Burgos. En el mejor de los escenarios para sus intereses, estará tres años en prisión por un homicidio imprudente (petición de la defensa). En el peor, se asomará al abismo de la cadena perpetua (petición de acusación y fiscal). Y mientras...  Ana Julia Quezada vive atrapada en dos prisiones.


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