Crónica del día en el que (casi) todo cambió

Almerienses de toda catadura acudieron a votar sin imaginar que la jornada venía con sorpresa

Monjas votando en el Colegio El Milagro, detrás Diego, Bautista, apoderado y atleta.
Monjas votando en el Colegio El Milagro, detrás Diego, Bautista, apoderado y atleta.
Manuel León
03:00 • 03 dic. 2018

Nada hay más democrático que el sueldo de los componentes de una mesa electoral: 65 euros por cabeza -da igual que uno sea presidente o vocal- y a los apoderados e interventores, el bocadillo. “Antes de abrir las urnas vinieron a pagarnos, eso es de agradecer”, decía ayer Gaby Cobos, el presidente de una de las urnas alojadas en el Palacio de los Marqueses de Cabra, mientras llegaba desde fuera el eco de las risas frescas de unos niños jugando con patines en la Plaza Campoamor. 



Se abrió el día electoral con un sol más de primavera que de invierno, que hizo que los abuelillos a media mañana caminaran por la calle La Reina con la pelliza en el brazo. Iban entrando a votar los almerienses del casco viejo, entre corrillos de apoderados y policías locales, entre un ligero aroma a colonia a granel que impregnaba la sala y ese aire de civismo que siempre sale a relucir estos días en los que todo el mundo parece estar en guardia.



Muchos perritos acompañando a sus dueños, muy educados, también parecían darse cuenta de lo especial del día. “Ceba Pleguezuelos, Juan José, vota”. Todo parecía ayer engrasado en el Palacio que sirve de Archivo Municipal: el entendimiento entre los componentes de las mesas, con su jerga de números y apellidos, pidiendo el carnet de identidad antes de introducir el sobre verde pálido por la ranura de la urna. Cuatro décadas ya de democracia han normalizado la cita de los almerienses con el voto.



Gente vestida de domingo, pero sin exagerar, alguno con una rosa en el ojal en la Plaza de la Virgen del Mar, justo cuando llegaba una remesa de monjitas - un clásico en estos días- mientra salía un señor gritando “Tanto votar y no sirve para nada”. Y una señora respondiendo: “Yo voto siempre a los pobres, no a los ricos, que quede claro”. Una chica llegaba a votar en bicicleta y uno niño le preguntaba a otro: “Tú has votado”, “No, yo soy pequeño”.



Los interventores y vocales quejándose dentro de que hacía mucho frío “y eso que es mediodía”. Por allí estaba como interventor el atleta Diego Bautista, un crack de la media maratón, con 69 años a sus espaldas. “Yo al que no voto ni muertas es al coletas”, aseguraba una señora enseñando su voto a todo el que quisiera mirar.



Y el patio del colegio, al lado de las urnas, silencioso, como el arpa de Machado, sin la algarabía acostumbrada de los niños del colegio. “Hermanas, les devuelvo el DNI”. “Dios le bendiga”.



Pollos La Granja, en la cercana calle Trajano, no da abasto con las aves dorándose al fuego y con las croquetas caseras, “las mejores de Almería”, convienen en afirmar varios clientes. Porque la gente piensa en votar, pero también en el estómago.



A esas horas, 6,5 millones de andaluces, entre ellos los almerienses, están llamados a las urnas: unos lo tienen claro desde el minuto uno, otros van pensando y pensando hasta el minuto final.


Mientras tanto, el Paseo aparece animado, más que otros domingos, Se diría que los comicios han frenado a los almerienses de ese ansia tan dominical de salir pitando a comer a alguno de los pueblos cercanos: unas migas a Enix, un pescado al Alquián, un tapeo en el Puerto de Aguadulce.


Hoy no hay mesas de dominó en el Círculo, las puertas permanecen cerradas y en la Plaza del Educador hay, como siempre, un mendigo de guardia con un cartón de vino calentándose al sol. Más arriba, el kiosquero del Carrefour explica con su acento argentino que la “prensa se vende igual que cualquier otro domingo, las elecciones dan igual”.


Y los camareros de La Dulce Alianza, con su chalequillo morado, por el contrario, aseguran que hay más mesas vacías, “parece que mucha gente ha tirado para el Paseo Maritimo, a pasear después de votar”, dice uno de ellos.


Unas señoras se quejan en la parada de autobús de que el vehículo tarda mucho en llegar. Dicen que son de Regiones, que han venido al centro a ver el ambiente, como el que va a una verbena, pero que les ha decepcionado, como el Madrid de Isco.


Desde las Mariposas, Juan del Águila mira, entre dos crespones negros, al paseante alhameño Nicolás y en el Cañillo salpican agua unas niñas con tirabuzones.


Conforme se va acercando la hora de la tapa, va quedándose despejada la Rambla Obispo Orberá.


En la puerta del colegio habilitado en la Escuela de Música, los interventores se fuman un pitillo mientras comentan los resultados del último sondeo. “No va a cambiar mucho la cosa”, dice el más veterano, sin saber lo que se le vendría encima por la noche.


Rosario Soto, como un cascabel, moviéndose de mesa en mesa, y un vocal que dice que habría que crear un grupo de Facebook: “Señoras que se olvidan el DNI el día de las elecciones”. Gente paseando y preguntando lo mismo: “¿donde has votado tú? Y Paco el del kiosco de las pipas que sigue a lo suyo, lo de todo los días, tras haber votado en el Colegio Freinet.


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