‘Que no se extienda la rabia’, por Jose Fernández

`No se puede medir al conjunto por las reacciones de una minoría que no delimita entre justicia y venganza`

Ana Julia Quezada, tras el registro ayer de su domicilio.
Ana Julia Quezada, tras el registro ayer de su domicilio. La Voz
Jose Fernández
01:00 • 13 mar. 2018

El horror; el horror. Igual que aquel coronel enloquecido en el corazón de las tinieblas de la jungla, no hay mejor palabra para describir lo que hemos vivido estos días al comprobar que el apocalipsis puede estar pasando a nuestro lado sin que sepamos reconocerlo. Antes de que lo mataran de un tiro, Bobby Kennedy decía que cada sociedad tiene el tipo de criminal que se merece. Y algo debemos estar haciendo muy mal si lo que parece que ha pasado con el niño Gabriel lo acabamos procesando como un síntoma de la sociedad en la que vivimos. Por eso prefiero quedarme con el ejemplo de la admirable madre de la víctima y lanzar un mensaje de futuro: yo también pido que no se extienda la rabia. Extraigamos lo mejor de esta desgraciada secuencia de hechos y valoremos, en primer lugar, la extraordinaria movilización de la sociedad almeriense en torno a la esperanza de buscar y encontrar vivo al niño, primero, y de acompañar después a los padres y familiares en su inabarcable dolor. Voluntarios, peces y un mar de solidaridad. Una sociedad en la que priman ese tipo de reacciones no puede ser, ni mucho menos, un colectivo necrosado y condenado irremediablemente al fracaso. No se puede medir al conjunto por las comprensibles, aunque destempladas, reacciones de una minoría que aún en caliente no alcanza a delimitar las fronteras entre justicia y venganza. Y quedémonos también con el ejemplo de profesionalidad y sentido del deber que nos han dado las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, bomberos y demás profesionales activados estos días, que también forman parte de la sociedad de la que salen y a la que sirven. Y finalmente, que el peso de la Ley -siempre la Ley- caiga sobre el autor o autores de este crimen infame en proporción al enorme y deliberado daño causado. Sin partidas de linchamiento y sin comités de remilgados. Hay delitos lo suficientemente graves como para no dar pie a la controversia. Por cierto, el asesino de Kennedy sigue en prisión desde 1968.











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