El júbilo por la nueva biblioteca

La primera sala de lectura en la ciudad se habilitó de forma muy precaria en 1888

La primera biblioteca provincial en Almería estuvo alojada en uno de los salones del Instituto  (hoy Escuela de Artes).
La primera biblioteca provincial en Almería estuvo alojada en uno de los salones del Instituto (hoy Escuela de Artes).
Manuel León 22:14 • 09 dic. 2017 / actualizado a las 20:25 • 22 feb. 2019

Hasta hace poco más de un siglo, buena parte de la población almeriense era analfabeta y la lectura íntima nunca fue competencia para que los cafés del Paseo del Príncipe apareciesen siempre colmados de nativos y forasteros: formando tertulia en los veladores, jugando a la baraja o al dominó o mirando simplemente al cielo azul o a la calzada, por donde circulaban los carros con variadas mercancías.


Nunca fue en esas calendas lejanas Almería una provincia muy apegada a la instrucción pública -salvo excepciones- y por ende, sus gobernantes no se preocuparon demasiado por articular una red de bibliotecas públicas en la ciudad y en los principales municipios.


Fue en la efímera Primera República de 1873 cuando se dieron en España, copiando otras iniciativas europeas, algunos pasos administrativos para dotar a las principales ciudades de salas públicas de lectura. Almería, al contrario que otras urbes más populosas, no se enganchó a ese carro instructivo, más pendiente de mejorar caminos y veredas y de procurar jornales para apaciguar el hambre y la emigración que de cultivar el intelecto. Por tanto, existían solo en esos años las bibliotecas privadas de acrisoladas familias repujadas en cuero y la de instituciones sociales como el Círculo Literario o el Casino, la Sociedad Económica de Amigos del País o la del Liceo.




Fue la Diputación la institución que creó en Almería la primera suerte de algo parecido a una biblioteca provincial allá por los primeros años de la década de 1880, bajo la dirección de Andrés Díaz Saldaña. Estaba ubicada en el Instituto de Segunda Enseñanza (hoy Escuela de Artes) y no tenía establecido horario al público ni sala conveniente de lectura. Era más un archivo que biblioteca, compuesta por viejos volúmenes y legajos procedentes de los anaqueles conventuales que fueron desamortizados. Los directores solían ser profesores del Instituto, bajo la jefatura de Manuel Rubio, y no tenía un horario regular de apertura.


También funcionó en la Plaza de San Pedro y después en la calle Castelar -en el local que fue la antigua botica de Blas Fernández- una Biblioteca Popular de Buena Lectura, con más de 1.000 volúmenes de ámbito privado, que estaba dirigida por Adelaida Fuentes.




El Ayuntamiento por su parte también hizo intentos a partir de 1927 para habilitar una biblioteca municipal en el piso bajo de la Casa Consistorial,  encargó obras al contratista Vicente Robles y estuvo a cargo del archivero Francisco González. Fue otra vez con la II República cuando se impulsó de nuevo la idea de contar en Almería con una verdadera biblioteca pública o popular como se las llamaba entonces. 


En 1932, el ministro de Instrucción Pública, el encomiable Fernando de los Ríos, publicó un decreto por el que las bibliotecas provinciales se transformaban en biblioteca públicas. Y así fue como Almería pudo contar por primera vez con una biblioteca de verdad: en uno de los salones superiores del Instituto se adaptaron estanterías de roble con más de diez mil volúmenes y se habilitaron medio centenar de pupitres para lectura. Se hizo cargo de la dirección de la Biblioteca y del Archivo Histórico Isabel Millé Giménez, una mujer fundamental en la historia de la documentación en la provincia.


El Archivo Histórico, el tercero que se constituía en España, fue impulsado por el gobernador Adolfo Alas, hijo de célebre escritor Clarín. Millé puso en marcha el primer horario reglado de apertura de la sala de lectura, aunque a veces dio cerrojazo abrumada por los desórdenes que producían los estudiantes y por la rotura de libros.
En esos años republicanos, de fe en la educación y en el progreso del espíritu junto a la necesidad perentoria de tener que comer todos los días, el alcalde Antonio Oliveros negoció con el Estado convertir la vieja cárcel de la calle Real en sede del Archivo y Biblioteca pública aunque la operación no fraguó. 


En la Plaza de Pablo Cazard se mantuvo la instalación pública almeriense hasta que en mayo de 1947, la ciudad pudo contar por primera vez con una biblioteca plenamente independiente. La inauguración de la biblioteca Francisco Villaespesa, en una casa burguesa de dos plantas en el Paseo, un poco más abajo del Hotel Simón, fue un revulsivo, un soplo de aire fresco para la vida cultural de la ciudad. Dirigida por Hipólito Escolar, coincidió con el ímpetu artístico de los indalianos, que exponían frecuentemente en uno de sus salones, y con la tarea impagable de Celia Viñas abriendo en los bachilleres el gusto por la literatura.


Hasta su traslado a Hermanos Machado en los años 80, esa puerta del Paseo medio, encajada entre la tienda de Muebles París-Madrid y los helados italianos, fue el dintel que atravesaban a diarios jubilados que iban a leer el periódico, niños que acudían a mirar los tebeos de Tintín y los estudiantes con acné que consultaban los atlas y las enciclopedias. 


Ahora se abre un nuevo futuro, para una nueva biblioteca municipal, en Santos Zárate, en el antiguo cuartel de la Policía Local, que aún no ha sido bautizada y que vendrá a ser el último eslabón de ese largo periplo almeriense por contar con un lugar donde solazarse en silencio al amparo de la palabra escrita. 



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