Rodolfo Miranda: "Los plásticos de invernaderos podrían generar energía solar"

Imdea Nanociencia se creó hace una década y presume de ser uno de los centros de referencia mundial en esta materia.

Miranda en la playa del Zapillo, donde veranea.
Miranda en la playa del Zapillo, donde veranea.
Rosa Ortiz
20:46 • 12 ago. 2017

El almeriense Rodolfo Miranda es uno de los científicos más destacados de nuestro país y también a nivel internacional. Sus avances en nanociencia prometen alcanzar hitos sin parangón en los próximos años. 




Profesor, antes de hablar sobre nanotecnología quisiera preguntarle por la nanociencia. ¿Qué es? 
La nanociencia es la unión de la Física, la Química, la Biología, la Medicina o la Ingeniería a la escala de objetos tan pequeños como átomos y moléculas individuales. En realidad, la historia empieza cuando hace 30 años comienza a controlarse la materia a esa escala.




¿Y qué sucede para dar ese salto?
Se descubrió un microscopio de efecto túnel -yo tuve la fortuna de colaborar con los que lo hicieron por primera vez-, que permitió ver átomos y moléculas individuales. Cuando eso ocurrió, fue como un pelotazo enorme en la cabeza porque permitía tener acceso a un rango de cosas que nunca antes habían podido verse ni controlarse. 




¿Por qué la ciencia a esa escala es distinta?
Porque las cosas, cuando son tan pequeñas, tienen unas propiedades diferentes de las cosas grandes. La nanociencia es interdisciplinar y está llena de sorpresas. Y a partir de ahí surgen aplicaciones a campos diversos. Eso es la nanotecnología.




¿Es posible construir un nuevo mundo átomo a átomo?
Sí, porque este microscopio nos permite mover átomos como si fueran aceitunas en un plato. Se puede, por ejemplo, remover un trozo de molécula, cortarlo con un nanobisturí y enganchar otra cosa y crear una molécula que la madre naturaleza no ha producido. Puedes crear materiales con propiedades diseñadas a voluntad. 




¿En qué campos puede aplicarse la nanotecnología?
En casi todo. Ahora mismo se están haciendo muchas cosas, está mucho más cerca de lo que pensamos. Hay productos que ya están en el mercado. Por ejemplo, la cabeza lectora de todos los discos duros, que viene a ser como un ‘sandwich’ de  materiales magnéticos y no magnéticos, pero con un espesor de unas tres o cuatro capas de átomos nada más. Y el efecto es que esa cabecita tiene unas capacidades extraordinarias para detectar el campo magnético de bits extremadamente pequeños. Este es un claro producto de nanotecnología. 




¿La nanotecnología será la base de la tecnología en el siglo XXI?
Sin duda. Esto es como un tsunami. Lo que está llegando son las primeras olas, pero lo que viene detrás es espectacular. 




¿Y qué es lo que viene detrás?
Pues todo: en el Instituto Imdea de Nanociencia estamos desarrollando numerosos proyectos en nanomedicina que van a cambiar drásticamente nuestro mundo. Estamos inmersos en un proyecto de utilizar nanopartículas magnéticas como balas inteligentes para eliminar células tumorales y solo estas células de manera selectiva. Aquí ya estamos en las pruebas clínicas, está avanzando muy deprisa. 


Creo que tienen también otro proyecto con el Hospital de Tetrapléjicos de Toledo.
Así es, lo coordino yo y el objetivo que tenemos es conseguir un bypass para gente que tiene cortada la médula espinal. Sería hacer un nanosensor que detecte las órdenes del cerebro y las envíe al otro lado del corte de la médula donde habría otro receptor que las recibiría para pasarlas a las extremidades. Y, al contrario, para que el cerebro aprenda de nuevo el movimiento de las piernas. 


¿En qué fase están?
Aún queda mucho. En este experimento, por ejemplo, todo lo que vamos a hacer los próximos cuatro años va a ser con ratones. Todavía está muy lejano. 


En un sitio como Almería, ¿la nanotecnología podría servir para aprovechar la energía solar, que aquí abunda?
Claro. En el Imdea estamos trabajando ahora en la fabricación de células solares orgánicas, hechas con moléculas. No sería como los rígidos paneles de silicio, sino que hablamos de algo flexible que podría pintarse sobre un plástico.


¿Habla de los plásticos de los invernaderos?
Así es. Esta semana he estado visitando el Centro Tecnológico Tecnova, donde hacen cosas muy interesantes. Y estuvimos hablando de la posibilidad de que, en el futuro, estas células solares orgánicas se puedan “pintar” en los plásticos de los invernaderos para que generen energía solar. O que se modifiquen las propiedades de los plásticos actuales para que funcionen como interruptores térmicos. 


¿Y que regulen la temperatura en  el interior?
Eso es, que a partir de un determinado valor, los plásticos dejen de transmitir calor cuando detecten que dentro del invernadero la temperatura es demasiado alta. De lo que se trata es de manipular los materiales a escala nanométrica para conseguir materiales inteligentes. Igual después no funciona, pero es algo que en ciencia básica ya entendemos y que nos permite desarrollar aplicaciones. 


Profesor, ahora que hace referencia a la ciencia básica. ¿Por qué cuesta tanto en nuestro país comercializar después los resultados científicos?
Es que, en realidad, es una cadena de cosas. Por un lado, necesitamos hacer ciencia básica sin ningún propósito, movida por la pura curiosidad. Pero para que después ese conocimiento pase al mercado, las empresas deben ser quienes planteen, en la cadena del conocimiento, qué innovaciones necesitan incorporar para dentro de cinco o diez años. Por ejemplo, que una empresa dijera: “necesitamos tener, dentro de cinco o diez años, envoltorios inteligentes para los tomates que detecten cuándo el producto empieza a madurar”. Y entonces decidir si esa partida se envía a Japón o al mercado nacional.  


Es decir, tecnología disruptiva que mejore la posición de las empresas en el mercado.
Así es, porque introduces algo que nadie más tiene. Siguiendo con este ejemplo: primero tiene que haber alguien que piense en eso y después hay que contar con un Centro de Investigación al que se le pueda plantear si esa idea es posible o, si por el contrario, es un disparate.  


Y ahí es donde entran ustedes, los investigadores. 
Así es. En el Imdea [Instituto Madrileño de Estudios Avanzados] investigadores que hacen ciencia básica se pondrían a trabajar con ese propósito, para intentar aportar algo en esa dirección.


Y esa cadena que usted explica, ¿en España no funciona?
Es que no está montada. Y es responsabilidad de todos: de la Universidad como institución, que ha mantenido históricamente una zanja enorme sin preocuparse de esto y de la industria, que solo ha pensado en sus beneficios a corto plazo. 


A ello hay que añadir la fuga de cerebros. 
Es un desastre, porque lo importante no es que se marchen, lo malo es que no vuelven. Los políticos tararean la música de la ‘sociedad del conocimiento’, pero la letra no se la creen. Y no se la  creen porque el modelo de desarrollo que les puede llevar al éxito electoral es extremadamente cortoplacista. 


Usted es de Almería, vuelve cada pocos meses. ¿En qué ha cambiado la ciudad que usted conoció de niño?
No se parece a la Almería de cuando yo era pequeño. Aquella era una ciudad pobre, alejada de todos los circuitos de conocimiento y modernidad y ahora es un sitio perfectamente comparable con cualquiera. Hay cosas que me gustan mucho y otras que no tanto. 


¿Como cuáles?
La dejadez en muchos aspectos. Se vive demasiado  bien y la gente se acomoda. No reivindica ni pelea lo suficiente para exigirle cosas a las autoridades. Aquí, los políticos no sienten la presión ciudadana.  Parece un tópico, pero ocurre, por ejemplo, en las comunicaciones, que es un despelote, algo inconcebible.  



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