La churrería del barrio de Oliveros

Se instalaba sobre la misma acera de la Avenida de Vivar Téllez, en las Almadrabillas

Eduardo D. Vicente 02:00 • 06 mar. 2017

El barrio de las Almadrabillas formaba un extraño islote donde se desarrollaba una actividad industrial diversa y peculiar. Era, en aquellos años, lo que hoy se conocería como un polígono lleno de pequeños negocios y también de empresas tan importantes en la vida comercial de la ciudad como los talleres de Oliveros.

Las Almadrabillas conservaba su corazón de suburbio a la orilla del mar, mezclado con esa atmósfera obrera que le daban las empresas allí instaladas. La vida se desarrollaba alrededor de la entonces Avenida de Vivar Téllez, el camino principal que unía el centro de Almería con Ciudad Jardín y el Zapillo, y la calle donde aparecían los principales negocios. Allí se instaló, desde 1958, una churrería familiar que todas las mañanas, antes de que el sol asomara por el horizonte, ya perfumaba el barrio con el aroma denso del aceite hirviendo y la harina.

Era la churrería de Isabel Ibáñez Tapia, que compartía la acera con el bar de Jacoba, con el garaje de Trino, con el taller de los hermanos Álvarez y con la caseta del fielato que durante décadas permaneció en ese cruce de caminos para cobrar los impuestos a los vegueros que llegaban a la ciudad con sus carros cargados de género. 
La churrería empezó a funcionar en el invierno de 1958, cuando Isabel le propuso a su marido, trabajador portuario, que podría ser un buen negocio montar un puesto de churros en aquel escenario tan concurrido, un lugar de intensa actividad industrial y un sitio de paso obligado. 

Todos los días, al amanecer, una columna de humo despertaba al barrio avisándole que eran las siete de la mañana. En los meses de primavera y verano, cuando el tiempo lo permitía, la churrera sacaba todos los cacharros a la puerta y allí montaba su puesto con el fogón de carbón y la paila. El carbón iba a comprarlo a la General de Carbones que estaba al lado de Oliveros, mientras que la harina la adquiría en sacos en un molino que funcionaba cerca de la estación de autobuses.

Cuánta gente pasaba entonces por su puerta a la hora de empezar los trabajos. Por allí cruzaban los obreros de la Térmica Vieja; los vecinos de Ciudad Jardín y el Zapillo; los mecánicos del garaje de Trino que se dejaban parte de sus pagas en los churros de Isabel; los obreros de los talleres de Oliveros, que mantenían muchos de los negocios que entonces ocupaban el barrio, y hasta el médico don Antonio Oliveros, hijo del dueño de los talleres, que cada vez  que venía de Madrid se pasaba por el puesto a comprarse una rueda recién hecha.

Era un espectáculo para los sentidos asistir a aquella ceremonia mañanera en la que Isabel Ibáñez iniciaba el ritual de los churros en la misma acera de la calle. Algunos de los clientes habituales solían decirle: “Isabel, este olor le levanta el ánimo a cualquiera”. Y no era exagerado. El aroma de los churros era el perfume de las mañanas del barrio de las Almadrabillas como antes lo había sido el del óxido de los hierros de Oliveros y el  de la gasolinera. 

La vida, en aquel trozo de ciudad, se impregnaba del perfume a churros y hasta los libros de las hijas de la churrera, que estudiaban en el colegio del Milagro, llevaban el sello inconfundible del aceite hirviendo y la harina. Todos los años, para las últimas semanas de agosto, el negocio se reforzaba para poder atender tanta demanda. Todo el que pasaba por la avenida, que era camino obligado para los que iban a la Feria del puerto y del Parque, se detenía para probar los churros de Isabel. En esas fechas, además de los churros que se cosumían de noche y de madrugada, la especialidad de la casa eran las patatas fritas que se servían por cartuchos. Había tardes en las que se gastaban varios sacos de patatas, días de intenso trabajo en los que Isabel contaba con la ayuda de su marido, Paco Martínez, y de sus cuatro hijos, que no se quitaban del mostrador mientras siguiera el bullicio de la gente que iba y venía de la Feria.

La churrería vivía también de la vida del Club Náutico, que en aquel tiempo funcionaba como un centro de recreo y como una residencia veraniega. Desde junio hasta agosto, el lugar se transformaba en un pequeño hotel para los grupos de muchachas que mandaba la Sección Femenina. Cada quince días llegaba una nueva expedición de jóvenes que llenaban de vida y alegría aquel escenario frente a la playa y que le daba mucho provecho al negocio de Isabel Ibáñez, que todas las mañanas se encargaba de llevar los churros hasta el comedor del Club Náutico para que desayunaran las internas. 

Durante una década, la churrería estuvo funcionando en las Almadrabillas, hasta que el lugar fue languideciendo poco a poco y sus propietarios tuvieron que buscar cobijo en otro barrio.





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