En memoria del escultor almeriense Juan Segura

Juan Segura Santiesteban

Manuel-Jesús Dolz Lago - Fiscal del Tribunal Supremo

¿Qué se puede decir de la vida de un hombre? Entre el natalicio y el obituario transcurre no sólo el tiempo, el lento y, a veces, rápido reflejo de la eternidad, también transitan los sueños, las realidades, esas gotas de rocío al amanecer en unos labios entreabiertos por el deseo, la caricia del viento, la brisa marina que al anochecer nos envuelve en una plácida calma acunada por un horizonte tenuemente enrojecido por el ocaso, las risas de las celebraciones y los estallidos multicolores de los abrazos, la sombría soledad nostálgica del pasado, el duro presente, ese dolor agudo de nuestro cuerpo que transforma todo en un infierno, el cielo del éxtasis, la familia agridulce, la luna conquistada tras un largo y penoso viaje, la travesía del desierto, el oasis, los pájaros que aletean nerviosos ante la impredecible esencia del destino, las obras regaladas, Venus triplicándose en onduladas formas verdinegras, el estrellado horóscopo con sus signos zodiacales, ese alegre bodegón de frutas luminosas, el rejoneo al toro de la vida, América, la lejanía de tu tierra, el paisaje desértico y cinematográfico de Tabernas, que querías envolver en celofán rojo, como la sangre, herido por la indiferencia. ¿Qué se puede decir en la muerte de un hombre? Su doloroso trance, la dosis de felicidad que tuvo, su imaginada y amarga agonía, su artística locura, la extraña, solitaria, extravagante vida bohemia en la que pasaba sus últimos días, tan alejada de la vida doméstica común, ¿quiénes somos nosotros para juzgarle?, muy pocos familiares incondicionales. ¿Qué se puede decir de la vida y la muerte de Juan Segura Santisteban? Tal vez, nada. Tal vez, todo. O, tal vez, sólo contemplar las formas que dio con sus manos al contradictorio espíritu de su tiempo, de nuestro tiempo, como su mejor recuerdo, reavivado por la íntima memoria familiar. En el parque Nicolás Salmerón de Almería, esos delfines ligeros como el aire, en colectiva e inocente ruta hacia ninguna parte, volando sobre las crestas de una mar bravía, amenazada con fundirse en la tierra seca del olvido, en la oquedad de la silueta de nadie.