Una lección magistral de amor a la familia

Juan López Ruano

Rafael Leopoldo Aguilera Martínez

Lo conocí con recién cumplidos 14 años, en la transición política, tras enamorarme de su hija. Juan López Ruano, un hombre curtido por la vida, que cuando le preguntaba sobre los avatares de la vida, siempre se entristecía por el hecho de lo difícil que se lo pusieron a su familia durante la posguerra incivil del 36. Especialmente, cuando acompañaba a su madre Isabel Ruano de las Heras a la cárcel del Ingenio a llevarle algo de comida y ropa a su padre Ramón López Úbeda, que sin estar en el frente y por el hecho de ser de izquierdas, sufrió durante cinco años el escarnio del presidio, aunque finalizado el mismo, porque no había más motivos, pudo vivir y trabajar en paz sin que nadie le tomase en consideración sus ideales políticos o religiosos, y hasta su jubilación fue portuario en el Puerto de Almería, sacando adelante a sus siete hijos con vistas a un futuro más esperanzador.  


Juan López Ruano, ha aguantado todo un año de tribulaciones con la pandemia sanitaria, el año que estando sobreviviendo y superándose día a día en la vivienda sito en la calle Santiago Vergara, en el antiguo Barrio de las Huertas, le supuso el bajón de su vida debido a las medidas estrictas de movimiento hasta llevarlo a la ultratumba una madrugada gélida pero cuaresmal del 6 de febrero. El día anterior, por vía telemática, les dijo a sus nietas que quería pintar y a sus hijos que le llevasen a Torrecárdenas, donde se encontraba atendido como paciente, la muleta para comenzar a andar, parecía que saldría de esta batalla, pero se le quebró el corazón en su último hálito de esperanza ante la Virgen del Carmen de Pescadería, a quien le profesaba una especial devoción.  


Nacido en las entrañas del casco histórico de la ciudad, entre la zona de la Plaza Vieja y la Almedina, estudió en la Escuela de Artes y Oficios de Almería, por lo que se dedicó, tras emigrar a Barcelona a la pintura de brocha gorda, aunque con acierto pictórico hacia sus alardes como pintor más refinado y curioso pintando, especialmente, el “Mesón Gitano”, participando en la primera exposición que hizo la Cofradía del Silencio con motivo de acto solidario para recaudar fondos, concediéndole mi hermano Juan Aguilera como Hermano Mayor, al igual que al resto de pintores, el escudo de oro de la franciscana Hermandad. 


Guardaba entre sus papeles carcomidos por el tiempo, amarillentos, el haber sido Flecha con una carta firmada por el propio General Franco y los papeles de la concesión de  haber adquirido un piso realizado por la Obra Sindical del Movimiento en el Barrio del Tagarete, a pesar de las circunstancias complejas del momento histórico que les tocó atravesar a los españoles. 


Su momento profesional más álgido, fue entrar a trabajar con una gran persona y pintor indaliano Juan Ruiz Miralles, una gran empresa, a quien lo quería como a un padre, y que tras la crisis de los 80, tras unas pinceladas sueltas y más de cuarenta años de cotización a la Seguridad Social, le quedó la pensión mínima contributiva para subsistir con la siempre ayuda de sus hijos Francisco, Juan y Nina y sus hijas políticas Yolanda y Ada, porque lo más importante que les transmitió fue el amor de padre y posteriormente, su pasión por sus nietas y nietos, a quienes adoraba con locura: María del Mar, Juan Ramón, Natalia, Irene, Álvaro.


Cuando volvió de Barcelona a Almería, contrajo matrimonio con Isabel López Lisarte, que estaba de novicia en un Convento, quien también sufrió la mortificante historia de la guerra incivil al quedarse huérfana de madre y ser desposeído su padre de la profesión de Maestro Escuela por ser afín a la República. Estos últimos diez años, se ha dedicado en cuerpo y alma a cuidarla con esmero, la tenía como a una “reina”, tras estar postrada en un sillón/cama con alzhéimer y no haber podido ir  a despedir por su estado senil a su último hermano Ángel, que hace unos meses, igualmente falleció. 


Juan López Ruano, no sé si merecía un obituario, ni sé sí lo publicarán, un trabajador que con todo el mundo se llevaba bien, pero sobre todo, porque durante este año, tras ver como moría por vejez su perrito “Dino”, como una punzada de dolor en el corazón, están yéndose a la paz eterna, porque era creyente, la generación de hierro, para dar paso a la generación de cristal. Desde la eternidad, hasta siempre suegro, volveremos a vernos.