A mi amigo Rafael

No soy muy dado a expresar mis sentimientos en público, sería la primera vez que lo hago por este medio, pero en esta ocasión, el corazón me ha empujado a hacerlo o al menos a intentarlo sin saber aún si le daré a enviar este mensaje. Y es que este martes se ha ido un amigo “de verdad” de mi familia, y añado el calificativo “de verdad”, de los que se pueden contar con los dedos de una mano en la vida. Aparte de nuestra amistad, nos unía también el parentesco y compartía el apellido Zurita con mi suegra, que era su prima hermana. No faltó su presencia en el altar de mi boda, bautizos y primeras comuniones de mis dos hijas. Aunque a veces solo viniese desde Albox a darles la comunión a ellas y se fuese tras la misa, siempre tenía tiempo para nosotros. No renunció a oficiar el bautizo de mi hija a pesar de lo que esta asistencia le pudiera conllevar, anteponiendo el acompañarnos en ese momento a sus circunstancias personales, cómo se puede agradecer eso. Por un lado, me alegré que la iglesia de mi pueblo natal, Albox, tuviese a Rafael como párraco, pero, por otro, me entristeció pensar que debías haberte quedado en Gádor, cerca de tu casa y tu familia de Alhama, que hoy tanto te echan de menos. Más de quince años estuvo en Albox cuando podía haberse quedado cerca de casa. En mis escasos viajes a Albox, intentábamos ver la manera de poder quedar contigo. No me gustan mucho las visitas, pero la tuya era una excepción. Tu carácter amable y cercano hacía que nos sintiéramos muy agusto a tu lado, no había manera de convencerte de que no nos invitases. Hoy me ha tocado a mi ir a tu pueblo, Alhama, a tu entierro, y pido más que nunca que el cielo exista, porque allí está seguro tu sitio junto al de las personas buenas, donde no se borre nunca tu alegre sonrisa, aunque no tenías que haberte ido tan pronto. 


Te estaré siempre agradecido por lo que has hecho por mi familia, qué recuerdo has dejado. Descansa en paz.