La memoria caudalosa de Vera

Manuel León

En invierno buscaba el cielo soleado de la Plaza Mayor para calentarse y en verano mitigaba los calores con la brisa marina que llegaba franca hasta la butaca en su porche de La Gurulla, frente a esa playa de Villajarapa, donde los veratenses de la calle de La Plata, por ejemplo, armaban cada estío sus tenderetes bajo la luna. Estaba ya mayor José Antonio con sus 87 años, pero con la lucidez intacta y con esa bondad infinita que le caracterizó toda su vida. La última vez que lo ví -en el zaguán de ese chalet situado en el lugar donde antes se acopiaba el mineral de hierro de Bédar- me invitó a un quinto con banderillas mientras, como siempre ocurría, hilaba, una con otra, historias de Vera, de su Vera. Eran relatos minuciosos, contados con la precisión de un orfebre de la palabra, con una capacidad de observación que hacía que uno se preguntara por qué un hombre así no se había dedicado nunca a escribir. Sus frases caudalosas lo mismo te llevaban a imaginar la taberna de Enrique el Moroto que las fiestas en el cortijo del notario Montoro, o a escuchar los acordes del pasodoble de El Choni en la Terraza Carmona o el Pregón del Judío del Viernes Santo. Era también José Antonio Ruiz un voraz lector diario de este periódico, desde cuando se llamaba Yugo, y eso le daba autoridad moral para aconsejar: “ser periodista es estar condenado a corregir, una y otra vez”. Fue también un puntal en el libro conmemorativo del 125 Aniversario de la Plaza de Toros de Vera, editado por La Voz de almería y coordinado por Jacinto Castillo, aportando datos e imágenes históricas. Su último trabajo ha sido el prólogo al libro, aún inédito, que sobre el trovero Pepe Raspajo ha escrito su amigo Pedro Contreras editado por Arráez. Una de las cosas que más le gustaba recordar al bueno de José Antonio era, cuando siendo un niño, pudo ver salir a Manolete del Hotel Simón para torear en el Coso de Vilches, la única vez que lidió en Almería, aprovechando que el director del Banco Español de Vera era un cordobés amigo del popular diestro. José Antonio nació en 1930 en una familia conocida como los Sombrereros, estirpe de la que aún vive en El Palmeral su primo Miguel, con 94 años. Fue testigo, con ojos infantiles, de la masacre de la Guerra Civil y de la entrada del Batallón de Cádiz por el municipio, comandado por el general Rosaleny. Estudió Bachillerato con don Juan Miguel Núñez y tras adquirir conocimientos de mecano grafía y taquigrafía se colocó en 1948 en la fábrica de alpargatas de Miguel Jiménez hasta que cerró en 1974 y pasó a trabajar en la Caja Rural hasta su jubilación. Siempre colaboró en todo lo que pudo con su pueblo: cultura, fiestas de San Cleofás, Club Deportivo Vera, Plaza de Toros, Semana Santa y nunca sucumbió a la tentación de la emigración. Se ama lo que se conoce y muchos hemos ido apreciando Vera a través de esa voz evocadora de José Antonio Ruiz, de esos relatos sustanciosos sobre la ciudad antigua, de las crónicas imprescindibles sobre sus gentes, que él supo hilar como nadie. Vera se queda un poco más huérfana sin su apreciado paisano. Porque, a la vencida, la memoria de un pueblo pende de la capacidad de transmitir de los hombres y mujeres que lo habitan.