El barman de la calle Mayor de Garrucha

Manuel León

Uno lo recuerda, tras la barra de madera y piedra, con sus gafas ahumadas, secando vasos de vino y café, mirando a la calle, desde su territorio particular, viendo cómo pasaba la vida por la arteria principal del pueblo; uno se acuerda de Gregorio, el Ico, el Cacheno, sirviendo copas de coñac o de Anís del Mono en las medias mañanas de invierno; o poniendo botellines de cerveza helada en la única mesa de la puerta del bar La Garrucha, su bar, en fechas de verano. Se ha ido el Ico, con 81 años, el hostelero que durante varias décadas reinó en el kilómetro cero del pueblo, la Puerta del Sol de Garrucha, junto a la confitería de Ceferino Paredes, junto al edificio de la Caja de Ahorros, frente a la farmacia de Don Emilio y la cuesta del cine de invierno: hasta su taberna llegaban, en días de función, la música de Manolo Escobar o de Antonio Machín que salía por los altavoces. Gregorio regentó uno de los bares más genuinos de Garrucha, junto a lo que fue antes La Campana, tan céntrico, tan bien ubicado en una esquina de la Calle Mayor, que en la puerta le pusieron en los años 70 la primera cabina telefónica que llego a ese pueblo de marineros. Gregorio Navarro Jódar era oriundo de Mojácar, como su primo José el Cacheno, taxista. Ambos parientes se fueron a la emigración, a ahorrar unos francos o unos marcos, no recuerdo bien su destino, y volver, con la frente marchita, a montar algún negocio. Debieron ser años de estrecheces, de sacrificios, como los de tantos españoles que cogieron una maleta de cartón con una guita para marcharse a alguna ciudad suiza, francesa o alemana a ganar un jornal. El tiempo pasó y Gregorio volvió y montó ese negocio deseado y fue agraciado con un décimo de lotería. Abrió un lavadero de coches junto al antiguo cargadero de mineral de Bédar, cerca de la Venta de La Gurulla donde principiaba el pueblo de pescadores. Gregorio, armado de manguera y jabón dejaba coches relucientes en una época en la que el asfalto aún no había llegado a la mayoría de las calles. Encima abrió una terraza, Miramar si no recuerdo mal se llamaba, donde había una de las primeras máquinas de música yeyé, de esas que funcionaban echándole una peseta para que sonaran Los Bravos, o Los Puntos cuevanos. Unos años después fue cuando abrió el bar, que se transformó en el pequeño Parlamento de la villa, por donde pasaban desde los municipales, a carpinteros, desde fontaneros a artistas como don Juan Gerez. Allí reinaba el Ico, entre carajillos, chatos de vino y cacahuetes, mientras fuera caía el sol a manta y palpitaba la vida de Garrucha. Era vecino del Belén que realizaba Félix Clemente y que vigilaba el Rubio en la ambulancia de madrugada. En Noche Vieja abría y servía cubalibres a los que éramos jóvenes entonces, junto al escenario. Después pudimos verlo recorriendo el Malecón, hasta el Acuarios, ayudado por un bastón, cuando ya había dejado atrás esos días en los que fue el barman en La Garrucha.