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El desierto de Tabernas y Sierra Alhamilla, descubriendo contrastes Paisajes desérticos, cumbres boscosas, nieblas, valles frondosos, simas y cuevas; éstos son, sólo algunos, de los espectáculos que nos depara esta ruta cargada de contrastes, sorprendiéndonos en más de una ocasión con visiones inesperadas. Partimos de Almería por la carretera de Guadix-Granada, hacia el norte, por el valle del Río Andarax. Muy pronto, después de pasar Rioja, el paisaje que nos rodea comienza a señalar acentuados signos de sequedad que se hacen más patentes al cabo de unos kilómetros. Nos encontramos en las puertas del Desierto de Tabernas, acertado topónimo que define este árido espacio al abrigo de vientos y borrascas. Por el norte la Sierra de los Filabres, por el sur Sierra Alhamilla y por el oeste las altas cumbres de Sierra Nevada, bloquean cualquier posible penetración de aire húmedo en un claro efecto barrera, lo que da lugar a unas características termopluviométricas muy similares a las desérticas. Según avanzamos, nos dejamos subyugar por colores y formas, a cuales más llamativas e inhóspitas. Estratos buzados en todos los ángulos posibles, materiales de texturas y aspectos inhabituales, formaciones sugestivas e imaginativas..., van conformando un ambiente extraño, desconocido, que invita a la contemplación y al disfrute de ellos, en un espacio que tradicionalmente, para todos los almerienses ha sido el tópico de la sequedad de la provincia. Los datos pluviométricos (por debajo de 250 mm. de precipitaciones anuales) y termométricos (con oscilaciones térmicas de más de 50º), así como su considerable insolación (superior a 3.000 horas anuales), parecen aseverar tal opinión. Todos estos factores han provocado que en el paraje de Los Retamares se ubique la central de energía solar más avanzada de España, que intenta rentabilizar este recurso gratuito e inutilizado tan abundante en este privilegiado rincón ibérico. Resulta difícil describir con palabras las sensaciones y percepciones que trasmite el desierto, más aún, cuando se observa a diferentes horas del día y de la noche, transformándose a cada momento en una visión espectacular y abrumadora. La carretera permite recorrer este desierto, declarado por sus características geológicas y ecológicas, a parte de por su singularidad europea, paraje natural en 1989. Atravesamos ramblas y barrancos, en un recorrido onírico, del que debemos despertar, pues cerca de aquí, tras cruzar la Rambla de Tabernas y ver su conexión con la de Verdelecho, nos desviaremos hacia Tabernas, remontando el reseco lecho fluvial. El paisaje de "bad lands" se hace más grandioso, encontrándonos, muy cerca, uno de los poblados del oeste que sirvieron hace años para rodar humildes películas y grandes superproducciones, que encontraban en estos lugares escenarios más asequibles a sus presupuestos. Entre los títulos que dieron fama a este particular Hollywood referimos: El bueno, el feo y el malo, Hasta que llegó su hora, La muerte tenía un precio..., u otros de carácter más diverso como, Lawrence de Arabia, Patton, Delirios de Grandeza, La isla del Tesoro, Conan el Bárbaro, o Indiana Jones y la última cruzada. Grandes títulos que atrajeron a famosos personajes que desgraciadamente quedaron, nada más, en "polvo de estrellas". Esperamos y deseamos, que los esfuerzos de algunos por atraer de nuevo el mundo cinematográfico hasta aquí, incrementados por el propio escenario natural, puedan llegar a explotar, de forma responsable, un recurso más que en estos momentos se encuentra "ocioso". Si nos acompañan los pequeños de la casa también podrán disfrutar, a su modo, de estos escenarios donde se repiten continuamente los espectáculos que recrean las peripecias del western; además detrás de sus instalaciones, se abrirán las puertas de una reserva faunística en semilibertad de animales africanos, que seguro harán las delicias de todos nuestros acompañantes bajitos. Pero más tarde volveremos hasta aquí; ahora continuamos hacia Tabernas, donde daremos la salida oficial al recorrido. Profundos barrancos y ramblas discurren junto a nosotros, adornados con otras representaciones del oeste, que nos trasladan con la imaginación a persecuciones, diligencias, bandidos, buenos, feos y malos. Las almenas reconstruidas de la antigua alcazaba que protegía Tabernas, despuntando sobre un cerro, nos avisan ya de la llegada a esta localidad. Sobre ella, podemos aportar algún dato curioso. Estudios efectuados en los numerosos yacimientos arqueológicos que presenta su municipio sobre la fauna que poblaba estas tierras, nos demuestran que su sequedad e inhóspito aspecto no han sido permanentes en la historia de los tiempos. Más bien al contrario, todo apunta a que el agua discurría por los ríos en un paisaje de fertilidad y verdor donde los árboles cubrían todo el entorno. Su nombre parece remontarse a época romana, alcanzando durante la dominación árabe gran importancia, como lo demuestra el hecho de que poseyera la alcazaba más importante, tras la de la capital, y que en sus muros se protegieran importantes personajes de la historia de Al- Andalus. La tradición confiere al conjunto defensivo el privilegio de haber reunido a los Reyes Católicos antes de entrar en Almería y que en él se firmasen Las Capitulaciones de la ciudad. Lo que sí podemos confirmar, es que su diseño sufre continuas modificaciones y períodos de reutilización que, felizmente, han culminado con su reciente restauración. Hacemos un inciso para comentar, que por esta localidad, atraviesa la Ruta de Münzer, antiguo médico austríaco, que recorrió estos lugares tras la conquista de Granada, y que ha servido de inspiración para diseñar el itinerario que, con ese nombre, y de forma acertada, ha preparado El Legado Andalusí. De este pueblo calle, situado a lo largo de la antigua vía de comunicación, podemos destacar importantes yacimientos arqueológicos que se dispersan por Las Quebradas de Genaro, algunas ramblas, como la del Rincón, y otros muchos parajes. La parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación, templo múdejar del siglo XVI, presidiendo la plaza y la ermita de San Sebastián, construida sobre una antigua sinagoga, son también lugares destacables que bien merecen una visita. Tras acercarnos a algunos de sus bares, que puede darnos, además de un refrigerio, alguna pista sobre su origen etimológico, decidimos retomar la ruta. Antes, proponemos, a aquellos que quieran conocer de verdad el desierto, un largo paseo que discurre por su corazón. Para llevarlo a cabo, se plantean dos posibilidades. La primera consiste en tomar la Rambla de Tabernas, en el mismo pueblo y disponernos a su descenso. Podemos abandonarla al pasar bajo los puentes próximos al cruce de la carretera 340 y de la 3.326 que se dirige a Granada, aunque también cabe la posibilidad de continuarla hasta llegar a Rioja. La otra propuesta, es tomarla en el cruce de carreteras citado y ascender hasta Tabernas. Nos decidamos por una o por otra, tendremos la posibilidad de realizar uno de los paseos más espectaculares de la provincia, donde perderemos la orientación en sucesivas vueltas, que no representa ningún peligro, si no abandonamos el lecho principal de la rambla. Aconsejamos a los más animados se provean de agua y cómodo calzado y que se dispongan a vivir una aventura que les llevará por paisajes poco imaginados y que nos recordarán, humildemente, a otros cañones como el del Colorado. Cárcavas y cornisas de margas, areniscas y conglomerados modelan figuras y relieves sorprendentes, paraíso de geomorfólogos y de biólogos que entenderán aquello de la vida en el desierto. La posible presencia de agua, aunque sea en niveles freáticos profundos, favorece una explosión de vegetación desconocida algunos metros más arriba. Adelfas, tarajes, palmeras y cañaverales dan cobijo a abundantes aves, como el verderillo, alcaraván, ortegas, tórtolas, alcaudones, zarceros, etc.... Y si nuestro discurrir es silencioso no nos sorprenderemos si salen a nuestro encuentro alguna perdiz o conejo. Tras el recorrido, no tan desértico, y si nos hemos decidido a ascender a la carretera 340 (en el cruce ya mencionado), tenemos la posibilidad de dar otro paseo, en un contraste diametral, que nos permitirá conocer, en las alturas de la sierra, un magnífico bosque mediterráneo. De la misma valla del poblado de Mini Holywood parte un camino de tierra que proponemos a los más animosos para su realización a pie. Antes de nada y por aquello de prevenir, anunciamos que subiremos hasta una cota aproximada de 1.387 m donde se localiza el Pico Colativí. Así pues, ánimo, a madrugar y hacia arriba, seguro que reconocerá, entre esfuerzo y esfuerzo, que vale la pena eliminar toxinas si se conocen, a cambio, parajes como este. Fíjese en la vegetación, pues va a contemplar una cliserie natural a lo largo de la ascensión. Comenzaremos con una unidad vegetal de alto grado de xerofilía donde predomina la escobilla y algún endemismo que omitimos pos sus complicados nombres latinos y que referiremos en el apartado de Flora. Un espartal con presencia de tomillo acompaña los primeros esfuerzos, los más costosos, hasta que el organismo se aclimate a la subida. Estamos remontando las laderas de la Sierra Alhamilla y entrando en otro paraje natural prácticamente despoblado que, con ese nombre, ha adquirido tal categoría de protección y la declaración como ZEPA. Se trata de una alineación montañosa paralela a la costa que individualiza las comarcas del Campo de Tabernas y los Campos de Níjar. Su importancia ecológica radica en el hecho de poseer un excelente bosque de encinas en sus más altas laderas, beneficiado de unas precipitaciones mas elevadas que las del llano, cercanas a los 300 mm. anuales, con temperaturas más suaves y reguladas por el factor altitudinal. Poco a poco, la vegetación se hace más frondosa y variada, apareciendo pinos, retamas, y algunos vallejos con profusión de especies, que aportan una nota de umbrosidad al recorrido y de los que no será difícil ver salir alguna confiada perdiz. Si la excursión se hace en primavera, les aseguramos una verdadera explosión de color, tapizando todo el recorrido de media montaña. Deténgase de vez en cuando y mire hacia atrás, obtendrá una privilegiada panorámica del paisaje lunar del Desierto de Tabernas. En cotas cercanas a los 750 m, aparecen ya algunos pies de encinas aislados, que comienzan a compactarse en forma de bosquetes, adquiriendo el verdadero protagonismo de todas las cumbres. Resulta relajante caminar escuchando los trinos de los pájaros que pueblan estos bosquecillos y que contrastan con los silencios del desierto. Tal vez, podamos contemplar la huidiza figura del algún halcón peregrino, águila perdicera, cernícalo, gavilán, herrerillo, escribano, etc., lo que justifica su declaración como Zona de Especial Protección para las Aves. La ascensión, muy pronto, desemboca en el Cerro del Oro, fácil de identificar pues, desde allí, podemos contemplar la otra vertiente de la sierra, divisando a su vez, los Baños de Sierra Alhamilla a 200 m de altitud por debajo de nosotros. Continuamos ya, por la cuerda de la montaña, teniendo la posibilidad de disfrutar hacia el sur de la vista del mar y las ramblas que nacen en su ladera, hacia el norte del Desierto de Tabernas y la Sierra de Los Filabres al fondo. Algunos repetidores dominan ya la cumbre, entre una vegetación mediterránea tupida y compacta de encina, coscoja, y jara pringosa. Disfrutemos de un descanso bien merecido y admiremos las amplias vistas que desde aquí se aprecian, teniendo en cuenta que no serán las últimas que contemplemos en esta ruta. Si alguien no quiere retroceder por el camino andando, le informamos, que desde el repetidor parte otra pista a Turrilas, donde iremos dentro de un momento, en nuestro recorrido en automóvil. Descendemos hacia la llanura con menos esfuerzo y maravillados por las vistas que podemos disfrutar y de la naturaleza en su más pura expresión de libertad. Al llegar a la carretera, volvemos hacia Tabernas, donde continuamos la ruta en dirección a Sorbas. El paisaje nos muestra una amplia hondonada adornada por algunas cortijadas, flanqueado al norte y el sur por alineaciones montañosas. La vegetación parece recobrar viveza, apareciendo manchas de eucaliptos y algunos frutales que se hacen más numerosos según avanzamos hacia oriente. Estemos atentos, pues aparecerá un desvío, hacia Níjar y Lucainena de las Torres (cerca de la Venta de los Yesos), que con un pequeño cartel anuncia: "Turillas. Mirador de la Sierra". Esta es nuestra dirección, por lo que optamos en dirigirnos hacia Sierra Alhamilla, ganando suavemente altura, entre campos dedicados al olivar y al almendro. Reconoceremos muy pronto que remontamos las laderas septentrionales de la sierra, más húmedas y frescas, las mismas que hollamos al subir al Pico Colativí, y que resaltan en el horizonte por sus importantes manchas de encinar. La carretera gana pendiente, comenzando una serie de curvas que permiten descubrir, bajo un gran resalte rocoso, el caserío de Turrillas. El tejado rojizo de su iglesia destaca sobre el blanco de sus casas rodeadas de vegetación. Poco antes de entrar en el pueblo existe un bonito mirador, próximo a una diminuta ermita dedicada a San Antonio, patrón de la localidad, que nos ofrece la posibilidad de utilizar este verdadero balcón de la sierra para ver la ancha depresión que se extiende frente a nosotros hasta la Sierra de los Filabres, cerrando el horizonte septentrional. Nos encontramos a 880 m de altitud, lo que facilita la posibilidad de dirigirnos al siempre atractivo pueblo de Huebro, citado en la Ruta 1, o bien ascender al Colativí de forma más cómoda a la planteada al comienzo del itinerario. Después de vagar por el pueblo y juguetear con las perdices que adornan la entrada a unos de los bares, nos decidimos a continuar hasta Lucainena de las Torres. La carretera bordea el macizo montañoso, permitiéndonos disfrutar de la amplia vista que se desarrolla hacia el norte. El abancalamiento de las laderas es sorprendente, recuperando espacios de labor en la inclinada superficie. En este caso su cuidado y conservación es perfecto, demostrando una permanencia en su explotación. La carretera desciende suavemente, hacia el llano, permitiéndonos avistar ya Lucainena de las Torres. Los restos de las numerosas explotaciones mineras que dieron fama y renombre a este pueblo, muestran sus cicatrices en un espacio fuertemente transformado. Asímismo, observamos la veracidad de su toponímia, que mezcla su origen romano y la abundancia de edificaciones defensivas que proliferan cerca de su núcleo urbano protegido, al igual que la localidad anterior, por un elevado escarpe pétreo. Si queremos darnos un baño refrescante podemos hacerlo en su piscina pública, o también optar por visitar al magnífico artesano especializado en la talla de madera de carácter religioso, que se ubica en la periferia del pueblo. Ya que nos hemos acercado hasta aquí, ascendamos un poco más, para poder observar el pueblo desde arriba con sus planos tejados de color violáceo y las calles engalanadas con macetas, que ponen una atractiva nota de color al conjunto. Abandonamos la localidad hacia la carretera 340 donde eligiremos la dirección de Sorbas. Vides horizontales o en emparrado, anteceden la visión de un fuerte barranco que toma el nombre de Los Lobos y que permite, desde aquí, un espléndido paseo por su fondo, encajado entre paredes verticales, hasta llegar bajo las casas colgadas de Sorbas. La vía discurre por el borde del profundo Río Aguas, hasta descubrir la localidad sobre uno de sus marcados meandros que hace las veces de defensa natural. Algunas casas parecen colgar sobre sus verticales paredes en una curiosa estampa que se enriquece al descubrir en su trazado urbano una clara influencia árabe. Tal consideración no es gratuita, y transciende a otros muchos hechos como las ruinas de una fortaleza andalusí o en su topónimo que, según los expertos, se recoge en un texto del siglo XVI y que significa "olla de arena" en una clara alusión a la gran tradición alfarera del pueblo. Sus tierras ya posibilitaron en la prehistoria, y más concretamente, en la cultura argárica, la realización de esta cerámica afianzada en la herencia y la tradición, facilitando la existencia, en el siglo pasado, de 24 talleres artesanos de los que hoy perduran tres, con hornos seguramente árabes. La oferta artesana se complementa con dos talleres de forja, hojalateros y tejedores de esparto. No podemos dejar de pasear por su casco urbano, descubriendo los miradores y balcones que se asoman al Río Aguas y a los barrancos colindantes. Continuamos desde Sorbas para visitar uno de los más atractivos rincones de los alrededores, que por su espectacularidad y diversidad han propiciado su declaración como paraje natural. Nos dirigimos para ello, por una carretera que parte del pueblo, continuando el discurrir del río, en dirección a la Autovía del Mediterráneo, hacia el Karst de los Yesos de Sorbas. Con este nombre, se hace referencia a un complejo fenómeno geomorfológico, caracterizado por la profusión de corrientes fluviales aéreas y subterráneas, que en su discurrir sobre rocas muy solubles, como las calizas o el particular caso de los yesos, provocan un relieve donde las simas, los barrancos y las cuevas, se suceden indefinidamente. La serpiente de asfalto discurre paralela al río, permitiéndonos admirar el llamativo encajamiento de la corriente fluvial hasta que aparece un cruce, donde tomaremos la dirección de Carboneras y Río Aguas. Un paisaje de cierta monotonía, cubierto de espartizales y algún acebuche, es la tónica general de nuestro entorno que deja ver, muy pronto, la impresionante mina de yesos a cielo abierto que aprovecha este material formado en lechos marinos. A partir de aquí, el observador se habrá percatado del predominio de los colores blanquecinos en el roquedo, que brilla de forma inusual al converger sobre él los rayos de sol. Esos mágicos destellos que desprende el terreno, se deben a los cristales y puntas de flechas de los yesos que, en la superficie de la roca, brillan cuando el sol incide sobre ellos. Nada más pasar la cantera, comienza un rápido descenso hacia la Cortijada de los Molinos del Río Aguas. Podemos aparcar cerca de aquí, para acercarnos a conocer este sorpresivo paraje natural. Un sendero serpentea entre un viejo caserío que se está rehabilitando y desciende en sucesivas vueltas, entre una profusa vegetación, hasta que nos sorprende la visión de un profundo barranco surcado por una, más que abundante, corriente de agua. Nos encontramos ante este fenómeno de la naturaleza ya mencionado con el nombre de karst. En este lugar el verdor del fondo del río, poblado por toda suerte de árboles y cultivos, en un característico bosque de ribera, contrasta con la sequedad de los niveles superiores, sucediéndose pozos, remansos, e incluso algunas cascadas, en un paisaje atípico para el resto de la provincia de extraordinaria belleza. Si al llegar al río decidimos ascender por su curso, admiraremos los profundos barrancos y el cerrado cañón que aparecen frente a nosotros, tallados literalmente en los paquetes de yesos, pudiendo observar grandes bloques desprendidos de las cornisas superiores, donde brilla el yeso laminar que otorga al conjunto mayor atractivo si cabe. Pero en este complejo kárstico existe otro mundo paralelo al superficial, más desconocido, pero no por ello menos espectacular. En las inmediaciones, se han descubierto unas 600 cuevas, algunas de gran profundidad, penetrando en el macizo yesífero, oradándolo y formando, por procesos de derrumbes y disolución, grandes cavidades donde surgen caprichosas formas de estalactitas, estalagmitas, columnas yesíferas, etc. En fin, otro mundo subterráneo que te invitamos a conocer, eso sí, tomando las consabidas precauciones. Por ello, has de saber que en el vecino pueblo de Sorbas, existen empresas especializadas para proporcionarte una inolvidable excursión hacia el interior de este subsuelo. Asesórate y desciende con ellos hacia las profundidades de la tierra. En el apartado de Otras direcciones de interés, te suministramos más datos al respecto. Creemos que esta es la única forma de aventurarse en las grutas; además de asegurarte las vistas más espectaculares, no tendremos que lamentar ningún accidente. Disfruta de este entorno, de su característica vegetación cargada de endemismos, de la compleja geología, y estáte atento por si ves algún galápago leproso o la emblemática tortuga mora. Pero hazlo con todo el cuidado y respeto que merece una de las zonas más sensibles de Almería. Tras este recorrido, que nos ha ofrecido también la posibilidad de tomar un refrescante baño, cogemos de nuevo el coche para volver a Sorbas. Al comenzar a subir el repecho que nos permitirá alcanzar la superficie del complejo kárstico, el que quiera conocer otras particularidades y fenómenos asociados a estas formaciones, puede acercarse a la misma mina de yeso o detenerse y pasear por encima de la llanura, hasta el mismo cañón del río; la sorprendente visión del conjunto merecerá la pena. Continuamos hacia nuestro destino, para escoger en un cruce la dirección de Lubrín, que nos permitirá introducirnos en la otra gran parte de la ruta que transcurrirá por el sector oriental de la Sierra de los Filabres. Vamos a conocer la que podríamos definir como espina dorsal de Almería, una prolongada sierra que, siguiendo la tónica general, se orienta de poniente a levante, desde Granada a Murcia, dividiendo prácticamente la provincia al "norte" y "sur" de Filabres. Si al ascender a Huebro y Turrilas en la Sierra Alhamilla, ya constatábamos una importante diferencia de sus vertientes, de umbría y solana; en esta alineación montañosa se hará aún más patente, pudiendo observar dos realidades biogeográficas diametralmente distintas en ambas laderas. Estamos una vez más en tierra de contrastes. Va siendo hora de que el viajero y, más aún si es conductor, se plantee la posibilidad de elegir un lugar de descanso y reposo, que le permitirá tomar fuerzas para continuar el recorrido. Existen algunos establecimientos tradicionales y algunas viviendas de turismo rural, que facilitamos en el apartado Dónde dormir. Tanto si opta por detenerse o por continuar, reanudamos nuestra descripción del trayecto. La carretera se dirige hacia el norte, en dirección normal a la sierra que cierra nuestro horizonte. Algunas cortijadas humanizan un terreno dominado por el matorral, del que emergen algunas recientes plantaciones de almendro que contrastan con otros ejemplares, hace muchos años abandonados. Curiosas contradicciones las del hombre. La aldea de El Pilar, nos recibe con su caserío blanco en el que descubrimos ya un claro predominio de los tejados a dos aguas, señal inequívoca de un incremento de la precipitación, provocado por el factor altitudinal y el efecto pantalla de la sierra. Después de un cruce, una leve ascensión nos permite llegar a Lubrín. Sus casas se arremolinan junto a un pequeño cerro, destacando el templo principal, llamativa construcción del siglo XIX que alberga a Nuestra Señora del Rosario, patrona de la localidad. Este pequeño pueblo cuenta con albergue, casa de Colonias y Vacaciones y buenas panaderías artesanales donde adquirir sus tortas de manteca, roscos de pan, de aceite y turrón de almendras, entre otras muchas especialidades caseras. Tras esta degustación, retornamos hacia El Pilar, para desviarnos a la derecha, en dirección a Uleila del Campo, atravesando grandes manchas de almendros. El verdor va ganando intensidad, al llegar al núcleo urbano, que aparece recostado en una suave colina de la Sierra de los Filabres. El caserío muestra ya perceptibles cambios tipológicos conviviendo la casa de piedra sin enjalbegar, con el tradicional encalado. Una mirada hacia las cumbres, nos sorprende al divisar, en lo más alto, como un nido de águilas, un pequeño santuario que con el nombre de La Virgen de la Cabeza, reúne la espiritualidad de todos los pueblos de los alrededores. Sin más dilación, optamos por lanzarnos a la escalada de la montaña y disfrutar de tan espectacular ascensión que enseguida nos deja ver las grandes llanuras que componen el sector oriental del Campo de Tabernas. El altímetro confirma la constante subida por esta vía tortuosa que permite descubrir una vegetación típica de montaña, cargada de verdor y colorido. Algunas casas construidas completamente de piedra, armonizan con un entorno abancalado que roza las más altas cotas de la sierra. Pronto la carretera accede a la cuerda superior y descubrimos "el otro lado". La flora cambia en un dominio claramente arbóreo, en el que predomina la encina, primero en forma de bosque aclarado, y luego formando bosquetes que comparten el terreno con jaras y retamas. Podemos apreciar buenas praderías sobre las que se arraciman algunas nubes que parecen aferrarse tenazmente a estas verdes laderas, propias de paisajes más septentrionales. Al llegar al Puerto de la Virgen (1.080 m), podremos dejar nuestro automóvil o bien, con muchísimas precauciones y alguna dosis de decisión, ascender al Santuario de Monteagud, a 300 m de altitud sobre este punto, que se encarama en la más alta cumbre rocosa. Una vez arriba, el paisaje se hace grandioso, espectacular; pudiendo realizar un giro de 360 grados, en el que vislumbraremos una gran porción de esta provincia. En el norte, ya pueden verse las grandes cicatrices de las canteras de mármol; hacia el oeste, las cimas de la sierra e infinidad de valles que se suceden en una vista que no relatamos más, pues esperamos que el viajero se decida a contemplar. Una plaza abierta y porticada, conforma el santuario presidido por la Virgen, convirtiendo el conjunto en un "balcón al cielo" que invita a dejar pasar el tiempo, entretenidos en asomarnos a una u otra vertiente. Tras descender de la atalaya, continuamos por la carretera que traíamos, hacia Cóbdar, ya por la falda septentrional de la montaña. El entretenido recorrido desemboca, de repente, ante una impresionante mole marmórea elevada verticalmente frente a nosotros con un característico color blanco. Se trata de la gran cantera de este material, que resguarda a este pequeño pueblecito laberíntico y diminuto, escondido entre verdes bancales y que, por su tamaño y estampa, más parece una imagen de un belén viviente que un tranquilo lugar de descanso lleno de encanto. Los vestigios arqueológicos encontrados en sus inmediaciones, como la Cueva del Castillico, del Neolítico, con abundantes hallazgos (depositados hoy en los fondos del Museo de Almería), atestiguan su ancestral poblamiento. Aunque su origen próximo se encuentra en la cultura árabe, la cual parece darle nombre, siempre ligado a "la Piedra", la ingente mole rocosa que cobija el pueblo. En su cima, además, pueden encontrarse restos de una antigua alcazaba árabe ubicada estratégicamente en el citado promontorio. Junto al río, quedan los restos de una antigua herrería que, en el siglo XVIII, aprovechó una cercana mina para la fabricación de hierro. Hasta allí podremos acercarnos, no sin antes habernos "perdido" por los rincones y callejuelas de su traza urbana. Volvemos al vehículo para descender este valle, adornado en el fondo por un singular bosque de ribera, que contrasta con laderas y rocas. Adelfas, chopos, palmeras, cañaverales, son algunas de las variadas especies que dejan entrever la corriente de agua que da vida a este vergel. Los extraordinarios derrumbes del material, visibles desde la carretera, nos hace elevar la vista hasta lo alto, para reconocer la increíble fuerza y tenacidad del hombre, que llega a transformar y desmantelar en proporciones como éstas, el paisaje natural primigenio. Próximos a los grandes bloques marmóreos que, desde cientos de metros de altura, han caído hasta el fondo de este angosto valle, proseguimos por el asfalto. Muy pronto, éste parece desperezarse y comenzar una vigorosa subida hasta superar unos relieves alomados que dejan entrever la entrada al complejo de canteras, recurso económico fundamental de la comarca. A nuestro alrededor se extiende una continua alfombra de arbustos, donde destacan aislados pinos y olivos que cubren una continuada sucesión de suaves pendientes, aportando amenidad al itinerario. Dejamos atrás algún bosquete de encinas y, si la época es cercana a la primavera, algunos serpenteantes arroyuelos que dejan correr sus aguas por las laderas. Seguramente, en más de una ocasión, algún bando de perdices salga a nuestro paso, en un confiado paseo, hasta levantar un rápido vuelo o saltar a algún matorral que le servirá de momentáneo escondite. A la derecha, en una ladera, muy pronto aparece una pequeña aldea, de nombre: Chercos el Viejo, anticipo de la localidad más moderna que toma el apelativo de Nuevo y que se encuentra un poco más adelante. Si el ánimo acompaña a nuestro incansable viajero, le proponemos que se dé un paseo por estos poblados, que como todos los de esta antigua comarca demuestran en su fisonomía, historia, tradiciones y gastronomía una clara influencia morisca. Pero como el viaje aún no ha acabado, decidimos continuar hasta Alcudia de Monteagud donde nos detendremos para admirar las grandes eras circulares, perfectamente empedradas, que adornan su caserío y que pasan por ser las más amplias de toda la provincia de Almería. Seguimos nuestro discurrir hasta Tahal. Antes de detenernos a comentar algunas de las particularidades de esta localidad, nos gustaría animar a aquellos que estereotipan la provincia de Almería, como la personificación del desierto y la aridez española, a que visiten estos lugares. Estamos seguros de que, en adelante, su opinión sobre este rincón ibérico se transformará sustancialmente. Aunque se integra en la Comarca de Tabernas, Tahal, se parece poco a los paisajes que se desarrollan más abajo, en el fondo de la llanura. El pueblo se adapta a la ladera, destacando la torre del Castillo de los Estévez, construido sobre una alcazaba, dominando un caserío donde contrasta el blanco de sus muros y el rojo de las tejas árabes de sus cubiertas. Si tuviéramos que referir alguno de sus lugares de interés, mencionaríamos los restos arqueológicos, que se remontan al Neolítico y que se suceden a lo largo de distintas culturas. Cerca de una decena de lugares en las cercanías presentan grabados esquemáticos, datados en diferentes épocas. Dejando atrás la fortaleza, marcharemos hacia Senés, para ello ascenderemos un pequeño collado cubierto por una ininterrumpida mancha de pinar, en un ambiente típicamente serrano. Al llegar a los 1.246 m, coronamos la parte más elevada del recorrido para descender por la otra ladera, mucho más reseca y desprovista de vegetación arbórea. Una carretera en buen estado, permite disfrutar de este privilegiado mirador a la vez que tomar una bifurcación hacia Senés. La continua sucesión de montañas embellece la visión que desde aquí se nos ofrece de la Sierra de los Filabres. Tan sólo algunos chozos repartidos por las laderas recuerdan la antigua presencia del hombre en este despoblado territorio. Su construcción de piedra y los tejados planos de pizarra con marcados aleros, nos anuncian lo que será ya, la tónica general de las edificaciones rurales de esta sierra, en claro contraste con las vistas hasta ahora en ésta y otras rutas. La pizarra toma el protagonismo del roquedo, mostrándonos a cada paso estratos de un negro brillante. Senés aparece pronto entre una indefinida sucesión de bancales, reflejo de necesidades y penurias que, sobre todo en el pasado siglo, influenciadas por una creciente presión demográfica, obligó a poner en uso tierras inaccesibles con exiguas posibilidades de éxito. Hoy en día, el aceite, la almendra y la recolección de tomillo, junto con la tradicional agricultura, en la que tiene importancia el cereal, sustentan la vida de sus habitantes. Han de llamar nuestra atención las lajas de pizarra que, como teja natural de indudable impermeabilidad, dan a la localidad un singular aspecto. Los restos de su antigua fortaleza y la iglesia múdejar del siglo XVI, animan a entretenerse en su visita, que puede prolongarse si se quiere merendar en alguna de sus fuentes o áreas recreativas preparadas al efecto. Tras el relajo, volvemos a la carretera para deshacer el camino andado durante un trecho y perder altura en dirección a Tabernas. En este punto se plantean dos recorridos para llegar a Velefique. El primero nos acerca, en línea recta, por un carril de tierra; el segundo nos obliga a bajar hasta muy cerca de Tabernas, hasta la central solar, y subir de nuevo hacia la sierra. Si elegimos el más corto, descubriremos antes (pero con una buena dosis de polvo encima), este pueblo de tipología filábride. El agua es protagonista de su fértil huerta, protegida por los restos de una alcazaba y alguna torre vigía. Si aún les quedaran energías a los más andarines, que sepan que, desde aquí, puede accederse a la Tetica de Bacares a través de pistas y caminos forestales que parten al norte del pueblo y permiten hacer cumbre a 2.080 m de altitud. Aunque no se decidan por este postrero paseo, no abandonen el pueblo sin recorrer sus típicas calles, fundamentadas en la construcción con el elemento del roquedo más próximo y versátil: la pizarra. Poco nos queda ya de ruta, planteándonos el descenso hacia Tabernas, bordeando una rambla convertida en prolífica huerta, que llama nuestra atención por la variedad y profusión de especies vegetales que la pueblan y que dejan entrever canales y acequias, razón de ser de tal "espejismo". Pasados unos pocos kilómetros, conectamos otra vez con la carretera 340 que nos acerca a Tabernas, y pone fin a este largo y sorprendente periplo.