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Por el cabo de Gata y Níjar. Donde la tierra se hace mar La ruta se desarrolla por el extremo sudoriental de la provincia de Almería, transcurriendo, en su mayor parte, por el Parque Natural Marítimo-Terrestre del Cabo de Gata-Níjar y la comarca del Campo de Níjar. La calidad y variedad del espacio que vamos a conocer y los fuertes contrastes que descubriremos serán el factor predominante en todo el recorrido. Imponentes masas pétreas volcánicas parecen emerger de las entrañas de la tierra para "entregarse" al mar, dando lugar a innumerables calas y pequeñas ensenadas que conforman algunas de los más recónditos e inolvidables parajes de Almería. Austeras especies vegetales se adaptan a los rigores climáticos veraniegos y a las bonancibles condiciones atmosféricas de las estaciones invernales y equinocciales. Innumerables especies animales, sobre las que destaca una nutrida avifauna, engalanan los cielos del parque y la franja costera que bate sus orillas con un mar tranquilo y pausado. Pero este espacio esconde otros alicientes y recursos que complementan los ya señalados. Un importante poblamiento litoral periférico conserva una arquitectura popular sencilla y acorde con el entorno, de clara influencia norteafricana. Monumentos y vestigios arquitectónicos de otras épocas, una rica y profusa tradición artesanal y una variada gastronomía, que aprovecha los excelentes productos de sus tierras y sus aguas, no son más que una breve pincelada de los múltiples atractivos que nos propone la ruta. Tal vez este recorrido se sustraiga a la generalidad del resto al contar con numerosos paseos propuestos. La calidad y belleza de nuestro entorno, así como la calidad de los rincones que esconde nos ha obligado a ello. De esta forma, el lector que prepare la ruta, se dará cuenta que puede llevar a cabo un largo itinerario costero que desde Retamar a Agua Amarga y aún más allá, le permitirán conocer a pie todo el parque. Sin duda, sería esta la idónea forma de conocerlo. Nosotros nos limitaremos a indicar los cortos paseos que unen las distintas localidades como opcionales para los más animosos, recorriendo el resto del itinerario en nuestro automóvil. Aunque en la ficha de ruta se informa de su posible realización en un solo día, aconsejamos sinceramente dedicarle varias jornadas o su división en diferentes trayectos que, al encontrarse tan próximos a la capital, no han de plantearnos mayores inconvenientes. Existen durante la ruta aldeas de pescadores y pequeños pueblos que, con una oferta hotelera más que aceptable, han de permitir al que opte por pernoctar, hacerlo en lugares y condiciones sumamente atractivas. Invitamos al lector a que descubra esos pequeños hoteles, hostales, pensiones o campings que por poco dinero le permitirán no sólo descansar, sino disfrutar aún más de la propuesta que ofertamos. Y ya sin mas preámbulos, comenzaremos nuestro recorrido en Almería, tomando la carretera que desde el puerto nos permitirá acercarnos hacia el barrio y la playa de El Zapillo. El excelente paseo marítimo que embellece esta parte de la capital se prolonga hasta sus límites, continuando nosotros por el litoral, en dirección al campus universitario. Después de sobrepasar la amplia rambla del río Andarax, podremos observar, tras breve trecho, a nuestra izquierda, las modernas instalaciones de la Universidad de Almería, abiertas hacia ese mar que vio arribar, hace cientos de años, una cultura de científicos y sabios que nos transmitieron conocimientos y saberes, germen de los que se enseñan hoy tras esos muros. Algunos cultivos bajo plástico nos recuerdan modernos aprovechamientos que transforman hoy en día el paisaje almeriense; pero ya habrá otras rutas donde su compañía se tornará en verdadero protagonismo. Proseguimos nuestro discurrir hacia levante, contemplando los continuos devenires de los grandes pájaros de acero que desde el aeropuerto, que podemos observar a nuestra izquierda, comunican este extremo de la península con toda ella y el resto del mundo. Ya aparece en nuestro entorno alguna torre vigía, testigo de acontecimientos históricos más belicosos, protagonizados por piratas berberiscos, ávidos de pronto y fácil enriquecimiento. La carretera discurre en sucesivos toboganes que permiten vadear las múltiples ramblas que se dirigen hacia el mar, recordándonos por su formación y gran amplitud que en contadas y, a menudo, trágicas ocasiones, acarrean aguas y todo aquello que intente interrumpir su paso. No está de más recordar al excursionista que si decide pernoctar en el lecho o en las proximidades de alguno de estos verdaderos oueds, tome las consabidas precauciones, sobre todo en épocas de tormentas, "gotas frías" o lluvias torrenciales, alejándose lo más posible de su cauce. Estos mínimos cuidados, permitirán evitar sustos y sobresaltos, cuando no algún percance. Además deberá tener en cuenta, que la acampada libre en el parque que vamos a visitar está prohibida, pudiendo utilizar los campings que se distribuyen por el mismo. Pero disfrutando nosotros de un más que seguro día de sol, prosigamos nuestro viaje. Abundantes pitas jalonan la carretera, enorgulleciéndose de sus altivas inflorescencias, compartiendo el paisaje con algunos eucaliptos que contrastan con el fondo de las ramblas, donde el verdor y la vegetación se hacen más profusos al encontrar en la profundidad del lecho el líquido vital tan escaso en estos parajes. Será allí donde adelfas, tarajes, cañaverales y espadañas desparramen su colorido en formaciones lineales, adaptadas al cauce y al barranco. El pueblo-urbanización de Retamar queda a nuestra derecha, junto al mar, continuando nosotros hasta encontrarnos un cartel anunciador que nos da la bienvenida al Parque Natural Marítimo-Terrestre del Cabo de Gata-Níjar. En este lugar podremos colocar el punto de partida de la ruta. Nos parece buen momento para recordar al viajero que este parque fue creado en 1987, ocupando el extremo sudoriental de la provincia de Almería, conformado por distintas unidades paisajísticas y medioambientales que enriquecen la biodiversidad del espacio y que iremos descubriendo en nuestro discurrir. Creemos interesante describir alguna de ellas, lo que nos permitirá sin duda disfrutar aún más de todo el itinerario. La primera de las zonas, quizá la mejor diferenciada, consiste en la propia Sierra de Cabo de Gata con una clara génesis volcánica y profundas transformaciones hidrotermales y posteriormente erosivas. En su formación, acaecida hace mas de diez millones de años, se sucedieron distintas fases que dieron lugar a la acumulación masiva y desordenada de distintos materiales y facies. Junto a esta actividad se sucedieron transgresiones y regresiones marinas que provocaron la penetración de las aguas hasta terrenos hoy completamente emergidos. Este hecho propició la acumulación de calizas en amplias áreas del parque, como en la Sierra de la Higuera. La segunda formación es la llanura costera que desde el pidemonte de la sierra se desarrolla hacia el mar. Formada por materiales más recientes, presentaba albuferas y bahías transformadas hace tiempo por el hombre en blancas salinas. Sobre este cordón litoral se disponen buena parte de los complejos dunares del parque, que a menudo han servido a la cinematografía de escenario para rodar en sus arenas películas que recreaban lejanas y exóticas tierras orientales. Este es un ejemplo mas de cómo una particular perspectiva y visión del espacio provoca en nosotros sensaciones a las que somos más reacios de sucumbir en la realidad. Por último la franja marina, con una milla de anchura, encierra la otra gran riqueza y biodiversidad del espacio que descubriremos mas adelante. A nuestra derecha el mar se aleja durante un trecho cobijando en su orilla un pequeño pueblo que, con el nombre de Torre García, esconde una pequeña ermita, cuna de la devoción almeriense a la Virgen del Mar. En ese mismo lugar, cuentan las crónicas que se recogió, allá por el siglo XVI, de entre las aguas del Mediterráneo, una imagen que, bautizada con esa advocación, se transformó con el tiempo en la patrona de Almería. Si se tiene la curiosidad o la devoción de acercarse hasta allí, habrá que desviarse por un pequeño camino que surge a la derecha de la carretera o bien, desde Retamar, continuar por la orilla de la playa en un paseo de pocos kilómetros. Aminoremos nosotros la velocidad de nuestro vehículo pues pronto realizaremos la primera parada al descubrir, entre el paisaje subdesértico que nos rodea, una construcción que cumple la función de albergue y que en sus proximidades tiene habilitada una zona como mirador y observatorio de aves. Preparemos nuestros prismáticos y acerquémonos al balcón que se sitúa sobre la rambla, donde con ciertas dosis de paciencia podremos avistar alguna de las muchas aves que discurren por las inmediaciones. Si la suerte nos acompaña no será difícil descubrir alguna ave esteparia como el alcaraván, sisón, cogujada, ortega, collalba, o la siempre singular alondra de Dupont que mueve a expertos ornitólogos incluso a trasladarse desde lejanas tierras para optar a su contemplación. Aunque nuestra espera sea infructuosa, la mera contemplación paisajística de las ramblas y las amplias superficies esteparias bien merecerá el intento. Después de dejar atrás este singular paraje, continuamos hacia del Centro de Recepción de Visitantes de Las Amoladeras. Se encuentra abierto durante todo el año, siendo su horario de verano de 10 a 14 horas y de 17 a 21 horas, permaneciendo el resto del año con un horario de 9,30 a 15,30 horas. Su visita es muy aconsejable pues nos muestra en sus tres salas de exposiciones autoguiadas, una interesante perspectiva del espacio que sirve de introducción a los que quieran profundizar, comprender y en definitiva disfrutar del parque de Gata-Níjar. Tras una pormenorizada visita que plantea la siempre atrayente posibilidad de adquirir alguna guía o material cartográfico, retomamos nuestro automóvil para proseguir viaje adentrándonos en el parque, contemplando al fondo las cumbres de origen volcánico de la Sierra del Cabo de Gata. El reseco entorno nos recuerda que nos encontramos en el punto de España con más horas de insolación y ante características climáticas similares a los desiertos tropicales del litoral. Las precipitaciones inferiores a los 200 milímetros anuales, alcanzan los valores mínimos de la Península Ibérica, coincidiendo con temperaturas medias muy elevadas, entre los 15º y 22º. Estos rasgos subdesérticos se acentúan por la casi continua presencia de brisas y temporales que incrementan los rigores ya señalados. Al llegar al cruce de San José-Cabo de Gata, optamos por tomar esta última dirección. Muy pronto nos acercaremos hasta el núcleo de El Cabo de Gata, observando ya el extenso salinar que se desarrolla en dirección al propio cabo. Este pueblo tiene varias barriadas como la de San Miguel de Cabo de Gata que nos descubre más adelante, los restos muy transformados de lo que fue un minúsculo pueblo pesquero que parece depositado por las olas en la amplia playa del Cabo de Gata. Algunos pobladores de la capital continúan optando por desplazarse hasta estas aldeas para deleitarse con frescos pescados cocinados al poco tiempo de dejar las redes. Mientras circulamos muy próximos al mar, la belleza de nuestro entorno provocará que nuestra mirada discurra indecisa entre el profundo azul de las aguas que se extienden a nuestra derecha y el blanco deslumbrante de las salinas que recorreremos durante algunos kilómetros. Si la época es propicia, la profusión de aves nos animará a parar el vehículo, pero aguantaremos esta intención, pues más adelante existe un estupendo observatorio que nos permitirá con facilidad su avistamiento en condiciones más interesantes. Según avanzamos por los distintos cuartos y lagunas de cristalización, llegaremos a un desvío, a nuestra izquierda, que permite adentrarnos unos metros con nuestro coche, para bajarnos de él y recorrer un breve trecho hasta el citado mirador. Allí aconsejamos al aficionado ornitólogo que se provea de la guía correspondiente, prismáticos y cámara de fotos, pues contemplará sin duda imágenes difíciles de olvidar. Del blanco azulado de las aguas parecen emergen a modo de llamas rosas, las esbeltas figuras de cientos y a veces miles de flamencos, que al levantar el vuelo siempre provocan admiración y belleza. Pero una mirada atenta también puede detenerse en la observación de alguna de las otras 80 especies catalogadas en este magnífico humedal, como las avocetas, cigüeñuelas, chorlitejo patinegro, patos, gansos, y multitud de especies limícolas que encuentran aquí el hábitat idóneo para su desarrollo. Aquel que demuestre un mayor interés, puede plantearse un largo paseo alrededor de las salinas, que le permitirá descubrir en toda su magnitud esta superficie encharcada de más de 300 hectáreas, construida aprovechando una albufera natural. Para ello, podrá recorrer el sendero de grava que sale del observatorio, teniendo en cuenta las precauciones normales en todo espacio de estas características ambientales, que han de acentuarse aún más si tenemos en cuenta que atravesamos una de las zonas de reserva del parque. Aconsejamos, no obstante, informarse de las posibles restricciones de este recorrido (según la época del año) en la Agencia de Medio Ambiente de Almería, cuyo teléfono se aporta en el apartado de "Otros datos de Interés". Tras la inolvidable visión, retornamos al vehículo para salir de nuevo a la carretera y continuar viaje a lo largo de las salinas, hasta descubrir el tejado de la iglesia de La Almadraba de Montelva que destaca por su verticalidad sobre la planitud del entorno. Grandes montones de sal, atestiguan la histórica explotación salinera, ligada tradicionalmente a la salazón de pescados, provenientes de las cercanas aguas. Hoy en día predomina el aprovechamiento turístico que transforma inexorablemente los alrededores. Frente a nosotros se vislumbra ya el Cerro de San Miguel que desciende hasta penetrar en el mar, facilitando antes la localización del Faro de Cabo de Gata. Hay que recordar, que estamos ante uno de los pocos lugares de nuestra península donde afloran materiales y formaciones geológicas volcánicas en forma de típicos pitones, como los cercanos a la Playa de Mónsul o el Cerro de Los Frailes, domos y calderas volcánicas, etc. Son en definitiva las rocas que conforman La Sierra del Cabo de Gata, donde podemos descubrir colores y matices que van desde el negro al dorado o al azul, contrastando y fundiéndose en total armonía con los azules celestes, cobalto y esmeralda de las más límpidas aguas que en todo el Mediterráneo podamos encontrar. Para constatar esta afirmación, nada más fácil que continuar hacia el faro, ascendiendo por una tortuosa carretera que tras unas curvas nos permite llegar a este edificio situado en el romano "promontorius charidemi". Será este un buen momento para pasear por las inmediaciones y descubrir la belleza y grandiosidad de este paraje. No deje el viajero de contemplar el Arrecife de las Sirenas, bajo el propio faro, antiguo reducto de la foca monje, ni descubrir las pequeñas calas y acantilados que se suceden en las inmediaciones. Si ya hemos gozado de estos paisajes, podemos decidirnos por ascender, andando o en automóvil, hasta el cerro de La Vela Blanca, teniendo en cuenta que tendremos que retornar hasta este mismo punto por estar interrumpido el paso a vehículos en su cima. Le aseguramos que la ascensión merece la pena. De nuevo la gea nos sorprende a cada giro de la carretera con un sucesivo cambio de colores que han de sorprender aún al menos interesado por las características geomorfológicas del medio. Continuas vueltas y curvas, nos muestran la típica vegetación fundamentada en la aparición de palmito (la única palmera natural de Europa), que contrasta con sus hojas aciculares y su llamativo verde en el entorno rocoso. Muy pronto, y sin prisas, llegamos hasta una hermosa torre vigía, de origen nazarí, que toma el sugestivo nombre de la Vela Blanca por el claro color de la cercana tierra. En este punto nos detendremos para disfrutar de las vistas que hacia el este y el oeste se extienden hasta el infinito, en este verdadero espolón español que, apuntando a la vecina África, parece dividir en dos nuestro mar Mediterráneo. En opinión de algunos, los días más despejados, pueden descubrirse, sobre la línea del horizonte, las costas africanas. Dejamos a los curiosos que averigüen la veracidad de tal afirmación. Dependiendo de la hora de observación, sea ésta en los primeros momentos de la mañana, al mediodía, o en el ocaso, nos maravillaremos de la continua transformación de la luz en tonalidades y contrastes tan distintos que parecerá que hollamos tierras diferentes. Animamos por ello al interesado a que visite en distintos días y momentos este maravilloso balcón y "simplemente" disfrute de la paz y el sosiego que transmite su atmósfera. El amante de la aventura y el deporte submarino, debe saber que estos fondos marinos son los de mayor valor de todo el Mediterráneo meridional español, por ser zona de confluencia de corrientes marinas y conteniendo un catálogo faunístico de más de 1. 100 especies, y más de 260 algas, con fondos rocosos de gran belleza y riqueza animal. Recordemos que toda la franja costera (una milla) se encuentra protegida por la figura del parque natural. Aquel entusiasta paseante que quiera disfrutar de un cómodo e inolvidable paseo, le recomendamos que tome el camino que interrumpe la valla metálica y continúe descendiendo por el borde del acantilado hasta una de las mejores playas de todo el parque, La Playa de Mónsul con su tómbolo central. También siguiendo esa dirección podemos continuar hasta las distintas calas que se suceden como la de La Media Luna y Los Genoveses hasta acabar en el pueblo de San José. Le aseguramos las más tranquilas aguas y atractivos espacios de todo el parque, informándole también que muchas de ellas son aptas para el naturismo. Nosotros, desde el alto de La Vela Blanca, volvemos de nuevo hacia el faro, admirando la espectacular vista de toda la Playa de Cabo de Gata, El Peñón del Dedo y la Bahía de Almería en el horizonte. Proseguimos el recorrido hacia el pueblo de Cabo de Gata que sobrepasamos para llegar al cruce desde el que nos desviamos al principio de la ruta y que tomaremos, esta vez, en dirección a San José. Tras pasar La Cortijada de Ruescas, continuamos entre pitas, pozos, aljibes y algún bancal sujetado por chumberas, hasta el pueblo de El Pozo de los Frailes. En el centro de la localidad, en la misma carretera que lo cruza, dejamos el coche para admirar el elemento que dio origen y nombre a este lugar. Se trata de un antiguo pozo, seguramente anterior abrevadero de ganado, alrededor del cual surge recientemente la localidad. Tras épocas de ataques berberiscos, y con la consolidación del sistema defensivo costero a finales del siglo XVIII, la zona se coloniza, bajo la dirección de los frailes de Santo Domingo de Almería. Más adelante, ya en este siglo, un particular consigue el permiso de construcción de una noria en el pozo comunitario con la condición de aprovechar las sobrantes para regar sus huertos. Hoy en día podemos contemplar una excelente restauración del artificio hidráulico, compuesto por dos grandes ruedas que, mediante tracción animal, permitían sacar de las profundidades el líquido vital tan escaso y preciado en estas tierras. Podemos prepararnos para continuar, no sin antes proponer visitar el taller artesano de cerámica que hay muy próximo a la noria. Nos dirigimos ya, hacia San José, antaño un minúsculo pueblecito pesquero, pedanía de Níjar, que según sus habitantes llega a quintuplicarse en la época veraniega. Su recientemente construido puerto deportivo, sus playas y su animado ambiente, además de su interesante oferta hostelera merecen un tranquilo paseo que podemos alargar para contemplar las modernas edificaciones que, en un excelente ejemplo de adecuación y respeto al el entorno, se han levantado en las inmediaciones. Constatamos, así, un hecho que observaremos en otros lugares de Almería y que contrasta con las grandes aberraciones urbanísticas que en otros puntos de la costa y, en general, en Andalucía, se han llevado acabo con la absurda disculpa del desarrollismo "a cualquier precio". Animamos desde estas líneas a responsables de ayuntamientos, constructores y particulares a que sigan esta acertada costumbre, edificando con líneas simples y elegantes, utilizando el magnífico ejemplo de la arquitectura tradicional que ha sabido como ninguna otra alcanzar la perfecta armonía con el entorno. Desde esta localidad podremos retornar a la Punta de la Vela Blanca, por un serpenteante paseo costero, en dirección sudoeste, lo que nos facilitará la posibilidad de conocer otra de las joyas del parque: la Ensenada de los Genoveses. Esta playa cargada de historia, enmarcada por el Morrón de los Genoveses y el Cerro del Ave María, recuerda las épocas en que servía de fondeadero a las caravanas de mercaderes que primero hacia África y luego hacia Asia, se aventuraban en la fantástica ruta de la seda. Mucho después, en 1571, desde estas mismas aguas, partió la Armada Española hacia Lepanto con el fin de acabar con el predominio turco en el Mare Nostrum. Si apetece seguir paseando y gozando de estas playas vírgenes podemos continuar hacia la Playa de Mónsul. En el camino descubriremos coladas volcánicas arrasadas por la erosión, que muestran a la superficie andesitas, rocas de característico color negro. Desde San José también puede plantearse otro interesante paseo hacia el nordeste, siguiendo la línea de costa hacia levante. Para ello debemos coronar los acantilados que forman las laderas volcánicas del Cerro de los Frailes en su caída hasta el mar. El escarpado camino nos conduce por el borde del acantilado, lo que exige precaución, para llegar sin ningún problema a Los Escullos. En el puerto deportivo de San José pueden alquilarse embarcaciones que le trasladarán en un agradable paseo marino hacia las calas y playas más escondidas del parque, teniendo la posibilidad de bañarse en lugares de difícil acceso para el que pretenda acercarse a ellos a pie. Nosotros tomaremos nuestro vehículo para volver hacia El Pozo de los Frailes y desviarnos a la derecha con idéntico destino al paseo propuesto. La carretera permite apreciar innumerables bancales abandonados. Estos aterrazamientos ascienden por las laderas de estas montañas intentando crear tierra fértil que aprovechar en exiguos cultivos. Hoy en día podemos verlos en su mayor parte semidestruidos, lamentando que se pierda uno de los más interesantes sistemas de protección frente a los graves efectos erosivos que sufre Almería. A poco más de un kilómetro de Los Escullos, a nuestra izquierda, se separa una pista que toma la dirección de Presillas Bajas. Si nos decidimos por este desvío podemos acceder a este núcleo de población desde el que se consigue llegar a la caldera volcánica de Majada Redonda, entre Presillas Bajas y Presillas Altas, muy cerca del cortijo abandonado de Los Berengueles. Aconsejamos al interesado que pregunte en el pueblo para no perderse entre los caminos y ramblas que hay que sortear hasta ese destino. Los que no hayamos elegido esta desviación, continuaremos poco trecho hasta llegar a Los Escullos. Este pequeño pueblecito junto a la Playa del Arco y su duna fósil, tiene en sus cercanías una muestra de las múltiples defensas costeras que mandó construir Carlos III, en el siglo XVIII, para acabar con el terror berberisco. Nos referimos al Castillo de San Felipe que poseyó en su tiempo importante artillería y que según proyectos del parque albergará en un futuro próximo un Centro de Interpretación Oceánica. Por la riqueza marina del parque, creemos que esta acertada medida debe ver algún día la luz, animando a los responsables de este espacio a que no quede abandonada en algún oscuro cajón, olvidada para siempre. Si nos hemos acercado al castillo, podremos continuar por la costa hacia la Playa del Embarcadero, admirando las caprichosas formas pétreas que el mar ha labrado en los acantilados. De nuevo nos hallamos en un escenario idóneo para la práctica consciente y responsable del buceo, que nos deparará fondos marinos de impresionante belleza. En este hábitat desconocido podremos observar amplios fondos arenosos de fango y arena habitados por estrellas de arena gris y erizos de corazón que conviven con tembladeras, arañas y lenguados de arena. Los fondos rocosos predominantes en la zona reflejan en la profundidad los coloristas acantilados terrestres, poblados por toda suerte de algas que los transforman en un arcoiris de color. Será el dominio de la oreja de mar, las anémonas, el cangrejo moro, el erizo negro, los cohombros de mar y otros muchos macroinvertebrados. Pero no podríamos cerrar este apartado sobre las profundidades marinas del parque sin hacer referencia a las grandes extensiones de posidonias oceánicas que constituye, según los entendidos, la especie vegetal de mayor transcendencia ecológica del Mediterráneo, y que pueden contemplarse formando grandes praderas de gran densidad, pobladas por numerosas especies como el pulpo o la nacra. Entre los peces, un sinfín de especies pueblan estas aguas. Enumeráremos tan sólo algunas de ellas: meros y morenas escondidos en las grietas rocosas, tordos, galanes, doncellas, merlos, sargos, mojarras, castañuelas, salemas, lechas, espetones, bogas, palometas, salmonetes, boquerones, etc. En total se han catalogado 1.400 especies animales y vegetales que convierten esta agua en el paraíso de buceadores y admiradores de la vida subacuática. Los que nos hemos quedado en tierra, continuaremos hasta La Isleta de Arraéz o Isleta del Moro, diminuta aldea pesquera frente al islote que le da nombre y que, sin puerto, permite descansar en sus playas a los barcos que salen a faenar en las cercanías. Resulta frecuente contemplar la preparación de los pescados, al recogerlos de la mar y dejarlos dispuestos para su uso en los próximos establecimientos hoteleros que garantizan reposo y relajación a cualquier cansado viajero que opte por detenerse Tras un tentempié a la orilla del mar, seguramente una tapa de pescado, decidimos continuar hacia Rodalquilar, tras las huellas del mineral aurífero. La carretera transcurre de nuevo cerca del mar, permitiéndonos contemplar los fondos marinos gracias a la transparencia del agua. Numerosas calas invitan a "perderse" en un apacible día de sol y dejar pasar el tiempo mecido por las suaves olas que raras veces se enfurecen. Continuamos ascendiendo hasta llegar, tras una vuelta de la carretera, a un bello mirador donde podemos detener nuestro automóvil. Desde allí, junto al puesto de información, parte un corto sendero que permite asomarnos a los acantilados y observar casi en vista aérea, los espacios que acabamos de recorrer. Estamos en el Mirador de las Amatistas. Si el lector nos permite la licencia, aprovecharemos para hacer una anotación que parece oportuna. En toda ruta o itinerario turístico, el viajero parece asumir cierta prisa o celeridad por conocer y ver la mayor cantidad de lugares posibles. Tal vez sea algo innato a nuestra curiosidad humana, pero creemos que debemos intentar luchar contra las prisas que pueden impedirnos gozar de paisajes como el que se nos presenta ante nosotros. Esta es la idea que mueve a los autores a detenerse en algunos de estos lugares. Creemos firmemente que en muchas ocasiones, desde ellos se aprende a observar y admirar la individualidad y magnificencia de todo lo que nos queda por descubrir. Al retomar nuestra ruta, poco más adelante, la carretera nos permite contemplar la amplia llanura donde se vislumbra el pueblo de Rodalquilar. Fue este un pueblo de gran importancia en la comarca, allá por la época de la fiebre del oro. De la boca de su mina se sacaban grandes cantidades de mineral, que tras ser triturados se trataban físicamente en grandes lavaderos, aún visibles. Resulta algo fantasmagórico e irreal pasear por este paisaje donde a principios de los años sesenta se producían cerca de 500 Kg de oro. Su historia se tornó decadente, allá por 1963, cuando se abandonó el yacimiento por falta de rentabilidad. Hoy en día resurgen del abandono algunas edificaciones que se ocupan en la infraestructura necesaria del parque y que prometen sacar del abandono este singular paraje, cargado de leyenda. Aconsejamos que se visiten las antiguas instalaciones mineras, siempre atractivas para interesados y curiosos. Sus viejas estructuras, naves, almacenes, grandes balsas circulares..., nos trasladan en nuestra imaginación a tiempos y épocas de febril tarea en la que se afanaban las mas de mil personas que poblaban las inmediaciones de este característico pueblo minero. Creemos justo mencionar que en este lugar nació Carmen de Burgos, insigne almeriense que, a caballo entre los siglos XIX y XX, fue una de las más importantes escritoras, cronistas, políticas y gran feminista de la época. Amplia y variada es la obra de esta creadora que convivió con las más afamadas figuras de estos siglos y que siempre tuvo en su memoria estos ásperos roquedos. Si se ha despertado en nosotros el gusto por las letras no estaría de mas releer a Goytisolo que junto a otros muchos escritores han sabido captar en sus obras la imagen profunda y el sentir de esta tierra. Nosotros, tras esta nota literaria, optamos por proseguir hacia Las Negras, no sin antes advertir que a la derecha aparece una desviación hacia Punta Polacra, planteando un posible acceso a El Playazo de Rodalquilar, donde aún persiste el Castillo de San Ramón, protegiendo esta magnífica y casi siempre desértica playa que permite aproximarnos, si así lo preferimos, andando por la misma orilla del mar hasta Las Negras. La carretera nos lleva por el interior hasta acercarnos al pueblecito anteriormente citado, que toma este nombre del color característico de los guijarros de su playa y del impresionante Cerro de Negro, gran mole de andesita que cierra el horizonte por el norte. Si de verdad queremos adentrarnos en la escondida belleza de este rincón de Andalucía, proponemos a continuación un pequeño recorrido que seguro agradecerá el viajero y algo aventurero que se anime a llevarlo a cabo. Nos referimos a la visita a la Cala de San Pedro. Para acceder a ella se nos plantean dos posibilidades. La primera, y más cómoda, consiste en preguntar en el pueblo por la barca que traslada a los interesados hasta allí, ello nos permitirá descubrir calas escondidas reflejadas en un intenso mar azul, cuevas y lugares de extraordinaria belleza; la segunda consiste en un buen recorrido a pie. Si optamos por esta última nos dirigiremos hacia el Cerro Negro, atravesando la Rambla de las Negras, donde podremos encontrar agua. A partir de ahí ascenderemos la ladera de rocas para trepar por el borde del acantilado. Pondremos en ello muchísimo cuidado por lo abrupto del terreno, llegando así, tras pocos kilómetros, a la Bahía de San Pedro. En ese paradisiaco lugar persisten las ruinas de un castillo que, denominado también de San Pedro, no sabemos si otorga el nombre a la cala o lo recibe de ésta. Lo que sí podemos admirar es el encanto del lugar, donde el agua de la fuente, la vegetación, las ruinas, el azul del mar..., nos envuelven en una mágica atmósfera que hará de este baño y reposo un momento que difícilmente podamos sustraer de nuestra memoria. Tras el paseo marítimo o a pie continuamos ruta volviendo sobre nuestros pasos desde Las Negras para coger la carretera que nos llevará a Fernán Pérez después de pasar por la Barriada de Hortichuelas. El paisaje se hace más amplio observando un aprovechamiento agrícola que se incrementa al llegar a una frondosa rambla que anticipa la entrada al pueblo de colonización de Fernán Pérez. Desde aquí nos dirigiremos hacia Agua Amarga por una pista de tierra en buen estado y que hemos señalado convenientemente en el mapa. Quien no quiera sufrir por el cuidado de su coche y prefiera dar un gran rodeo, le informamos que deberá tomar la carretera a otro poblado de colonización: Campohermoso, y llegar a la Autovía del Mediterráneo en dirección a Murcia, que le acercará, en poco tiempo, a la Venta del Pobre. Allí, dejará esta vía rápida y tomará la carretera 341 que se dirige a Carboneras, abandonándola al llegar a la desviación de Agua Amarga. Para los más intrépidos, les animaremos a que busquen la pista de tierra que sale del extremo del pueblo de Fernán Pérez, hacia la derecha, y que no presenta ninguna señalización. Asegúrense antes de tomarla, preguntando a algún vecino, pues puede resultar algo desesperante el entretenerse recorriendo los campos, perdidos por la Sierra de la Higuera, acordándose del buen acierto de los autores. Una vez confirmado el camino lo seguimos descubriendo un amplio paisaje entre cortijos, aljibes, norias y minas abandonadas. El lento discurrir de nuestro coche, además de evitar levantar el siempre molesto polvo, permite reconocer las formas y siluetas de las cortijadas, barriadas o humildes viviendas que salpican estos amplios parajes. Si queremos conocer algunas de las características arquitectónicas de estas construcciones y de las que conforman el caserío de estos pueblos, diremos que en las viviendas predominan las formas simples, a veces redondeadas, siendo constante la utilización de volúmenes cúbicos, generalmente de una altura. El blanco de sus muros contrasta en numerosas ocasiones con el violeta y morado de sus terrazas, cubiertas por la launa, arcilla desmenuzada, que por su carácter impermeabilizante, actúa de excelente protección ante las inclemencias de la naturaleza. Los muros son gruesos y sobresalen sobre el tejado, dando un aspecto compartimentado, surgiendo de éstos algunos pequeños aliviaderos que permiten recoger las exiguas precipitaciones que descargan a lo largo del año. Tan solo la chimenea rompe esta homogeneización que bien pudiera haber formado parte de una pintura cubista. En el interior, iluminado por escasos y diminutos vanos, destaca una gran cocina con arco que se constituye en la pieza principal de la casa, donde acontece la vida diaria. Las viviendas carecen de patio, quedando separadas del alojamiento las pequeñas instalaciones dedicadas al ganado. Destaca, dentro de las construcciones complementarias, el horno, la mayor parte de las ocasiones pegado a la vivienda, con forma semiesférica, encalado del mismo modo que ésta. Su interior llama la atención por el suelo que se prepara con sal o, en ocasiones, con estiércol, idóneos conservantes del calor. Retornado al itinerario, estaremos atentos ya que pronto llegaremos a unas minas de bentonita a cielo abierto que se atraviesan, optando en una bifurcación por el carril de la derecha. Predominan ya en el horizonte las formas tabulares con grandes mesas y cerros testigos de la Sierra de la Higuera, apareciendo cultivos de olivo y almendro en las inmediaciones del camino. Al fondo, ya percibimos el gran cerro de La Mesa de Roldán que desde tierra adentro parece proyectarse hacia oriente y al mar. A sus pies, alrededor de una cala, se extiende el pueblo de Agua Amarga. En toda la gran ensenada se dispersa su caserío, donde podemos decidirnos a probar la gastronomía local, destacando siempre el pescado fresco, a la plancha, que hará las delicias de cualquier gourmet. Todo ello puede hacerse contemplando el azul del mar y disfrutando del espectáculo de las barcas trayendo su preciada carga a tierra. El que prefiera seguir descubriendo playas vírgenes, puede tomar la costa hacia el sur y dirigirse hacia La Cala de Enmedio y La Cala del Plomo, pudiendo si lo desea continuar hacia la Bahía de San Pedro y Las Negras, haciendo el camino en dirección contraria al planteado líneas atrás. En este pequeño pueblo aún pueden contemplarse los restos del antiguo ferrocarril minero que se proyectó para facilitar el embarque de mineral, sirviendo de rápida salida al mar desde las tierras mineras del interior. Después de comer y tras un reconfortante descanso podemos culminar nuestro largo recorrido costero ascendiendo al faro de La Mesa de Roldán, por lo que tomaremos la carretera que se dirige hacia el norte, a Carboneras. La imponente masa de calizas, anclada sobre un sólido basamento volcánico, conforma el citado promontorio que muestra las típicas formas de disolución, anticipo de otras más espectaculares que descubriremos en futuras rutas. Un collado permite el acceso al faro a través de una empinada carretera que escala las fuertes pendientes en el discurrir circundante de la meseta, lo que proporciona magníficas vistas del entorno. La mesa se compone de varios cerros aplanados, sobre el que se ubica la luminaria y un poco más arriba la torre artillada del siglo XVIII-XIX. Para el amante de la navegación le informamos que el faro tiene un alcance máximo luminoso de treinta millas, con una altura sobre el nivel del mar de mas de 220 metros. Agradecemos una vez más, la ubicación estratégica de estas construcciones que facilitan el disfrute de los más bellos paisajes y perspectivas. Hacia el sur, el acantilado y la Punta de la Media Naranja, cobijan a Agua Amarga, pudiendo observar un amplio horizonte que resume nuestro discurrir por este periplo costero . El descenso puede efectuarse por la misma carretera o por la antigua, que en peor estado, nos permite acceder de nuevo al punto de información. Frente a nosotros, se contempla ya la villa de Carboneras con sus característicos y llamativos elementos industriales presidiendo el acceso desde este lado de la carretera. Nos detendremos en el mismo punto de información para proponer otro paseo que nos llevará a la Playa de los Muertos. Este macabro apelativo lo recibe por el resalte rocoso del mismo nombre que se adentra en el mar, el cual favorece la fusión de corrientes y la convergencia de los cuerpos de los desafortunados náufragos que tuvieron la poca dicha de perecer en estas aguas. No se dejen asustar por el calificativo o la leyenda y anímense a descender hacia esta estupenda playa en la que llama la atención una colonia próxima de aves marinas que utilizan las cornisas y los cantiles como lugar de nidificación. En muchos de estos acantilados pueden observarse asiduamente cormoranes, alcatraces, halcón de Eleanor, águila pescadora, etc. . Un reconfortante baño nos anima a seguir adelante en nuestra ruta. Para ello volveremos a Agua Amarga, buscando el mismo cruce que nos permitió abandonar la pista de tierra que recorrimos desde Fernán Pérez. Cuando lo descubramos, veremos, próximo a él, una carretera asfaltada que toma dirección norte. Un breve tramo nos lleva a otra de mayor rango que se bifurca hacia Almería y en dirección a Carboneras. Nos decidiremos por la primera opción, que nos permitirá llegar por la carretera 341 hasta la Autovía del Mediterráneo, a la altura de la Venta del Pobre. Este será el recorrido que eligieron los que optaron por venir desde Fernán Pérez hasta Agua Amarga por la carretera en vez de por la pista de tierra, solo que en sentido contrario. A nuestra izquierda, se desarrolla en toda su horizontalidad el Campo de Níjar, donde comienzan a destacar algunos cultivos bajo plástico. Al llegar a la autovía, tomaremos las debidas precauciones, pues un cruce no muy bien señalizado nos permite girar, en la venta, para tomar la dirección de Almería. El paisaje se torna en claro predomino agrario, percibiéndose en la lejanía los aljibes, pozos y norias que guardan el preciado líquido que posibilita muchos de los cultivos que observamos. A nuestra derecha, muy pronto se hacen patentes las pronunciadas pendientes de la Sierra de la Alhamilla, agreste y descarnada en esta vertiente, recortándose sobre el siempre límpido cielo azul. Una salida de la vía rápida nos ofrece la posibilidad tomar la dirección de Níjar, entre un paisaje abrupto y de predominio volcánico. Tras una vuelta de la carretera, la localidad aparece ante nuestros ojos apoyada en la falda de la citada alineación montañosa, como un vigía de todos sus campos, destacando su blanco caserío sobre los ocres y marrones del terrazgo. Su habitabilidad viene de antiguo, datándose yacimientos en su extenso municipio (uno de los más grandes de España) del Mesolítico, Neolítico y Edad del Bronce. De esta última cultura mencionamos especialmente la necrópolis de El Barranquete perteneciente a la cultura de Los Millares. Cartagineses, íberos y más tarde árabes pueblan estos lugares, siendo testigos de estos últimos las torres de vigilancia que aparecen en los alrededores y algunas singularidades de su trama urbana. Tras las capitulaciones de su taha, la rebelión morisca de mediados del siglo XVI acabará dando lugar a un gran despoblamiento que perdura hasta el siglo XVIII, cuando Carlos III acomete la defensa de las costas, permitiendo el desarrollo y repoblación de toda la comarca. Pero sin duda alguna, el momento de máximo esplendor de Níjar acontece en el siglo XIX, cuando la minería y las tecnologías aplicadas en su extracción y el transporte, permiten obtener de las entrañas de la tierra importantes partidas de mineral que se transportan por tendidos aéreos a la costa. De esta misma época será el ferrocarril que unía Lucainena de las Torres y Agua Amarga. Hoy en día la minería ha dejado paso a una actividad agraria emergente, que comparte su importancia con el sector artesano y que apoyada por un sector servicios diversificado, consolida a Níjar como el centro sobre el que gravita toda la comarca. Permítanos aconsejarle que se acerque hasta el centro de la localidad y deje su vehículo próximo a la plaza. Desde allí podrá realizar un paseo urbano por sus calles empinadas, donde el colorido de tiestos y plantas, contrasta sobre manera con el encalado de sus paredes. Olvidémonos del tiempo y discurramos con tranquilidad por su caserío, disfrutando de un pueblo de clara influencia árabe. Si llegamos en nuestro paseo a la iglesia, que sepa el interesado que se enmarca en las características del estilo múdejar, como puede apreciarse en su magnífico artesonado, destacando en el templo una imagen que los lugareños atribuyen al maestro Alonso Cano. En cualquiera de los recorridos por el pueblo llamará sin duda la atención la profusión de tiendas de cerámica, jarapas y esparto, que evocan antiguo s hornos y telares que se remontan indudablemente a la cultura árabe. Déjese vencer por la tentación y penetre en alguna de estas tiendas, recomendándole que lo haga en aquellas pertenecientes a los propios alfareros, reconocibles porque tienen su taller al fondo de un caos organizado de cántaras, platos, fuentes, tazones y jarras. Si tiene suerte, y es el momento propicio, podrá ver con sus propios ojos la elaboración de esa cerámica, desde el moldeado, al secado, decoración y cocción de la misma. Le aseguramos que no podrá resistirse a comprar algún elemento de esta variada y llamativa creación artesanal en la que destacan los colores fuertes, verdes y azules, que la hacen inconfundible en toda Almería. Si hemos tomado ya un merecido refrigerio en alguno de sus bares, degustado un buen vino de la tierra y alguna tapa, podemos emprender nuestra ruta, con destino a una pequeña pero bella localidad que se esconde en la ladera de la sierra. Nos referimos a Huebro. Para alcanzar este pequeño pueblo planteamos de nuevo dos posibilidades. La primera la ofrecemos a los más andarines y consistirá en trepar por el valle, siguiendo una encantadora y sorpresiva senda que recorre los antiguos molinos de Huebro. Conviene asesorarse con algún vecino sobre la dirección correcta, que nos llevará por el antiguo camino, admirando las frondosos y variados huertos que riega el manantial que nace en la Roca de Huebro. Aquel que no se sienta con muchos ánimos para plantearse el citado paseo, le incitamos a que coja su vehículo y tome la empinada carretera que nos acercará a ese mismo destino. De nuevo el roquedo nos sorprende, deleitándonos con la más completa gama de colores que podamos haber contemplado en un trecho tan pequeño; van desde el blanco, al gris más oscuro, pasando por violetas, azules y ocres, haciendo si cabe más atractiva la ascensión por este pequeños valle encajado festoneado por una llamativa mancha de vegetación. Pronto vemos ya, el pueblo de Huebro a 720 m de altitud, protegido por las cumbres de Sierra de la Alhamilla, con un exiguo caserío de apenas veinte casas sobre el que destaca la Iglesia y que, según las crónicas, mantiene la estructura medieval primigenia. El verdor se hace patente en todo el entorno, donde olivos, almendras, higueras, comparten la fértil tierra con cultivos de huerta. Acerquémonos a la iglesia y encontraremos el origen de tanta frondosidad en una cristalina fuente que mana de la misma Roca de Huebro y que alimenta una gran balsa que puede hacer las funciones de piscina en los cálidos días estivales y que aporta fundamentalmente el riego a los bancales y huertos e incluso los antiguos molinos que se descuelgan por la ladera hasta Níjar. El conjunto de la iglesia con sus umbrosos olmos centenarios, el manantial siempre rumoroso, el verdor y la sensación de paz y tranquilidad que aquí se respira, nos lleva a dejar pasar el tiempo en el disfrute de la contemplación y el descanso. Si tenemos la oportunidad de charlar con algún vecino, no dude en preguntarle por la ubicación de los restos de la fortaleza árabe, otro recuerdo mas de esa cultura que habitó estos parajes durante muchos siglos. Recorremos después sus breves calles, admirando la sencillez y humildad de sus construcciones populares, que, a menudo, utilizan de contrafuerte la propia sierra. Detengámonos a observar sus tejados planos cubiertos de launa y los pequeños hornos que, siempre fuera de la vivienda, recuerdan cocciones de panes, dulces y pasteles. Dejémonos, en fin, embeber por la historia y herencia de esta tierra. Si algún curioso opta por atravesar todo el pueblo podrá descubrir un gran espacio circular que se asemeja a un balcón o terraza, que sepa que se encuentra sobre una era circular perfectamente empedrada, que abundan en los parajes montañosos de esta provincia, donde la verticalidad del terreno obliga a su construcción especifica. Es un curioso elemento de la arquitectura tradicional almeriense, que encontramos en otros puntos de esta provincia. Tras este relajamiento espiritual y físico, nos decidimos a retornar a Níjar, descendiendo el camino andado. A nuestra izquierda, después de pasar el cementerio, surge una pista en buen estado que permite conectar esta ruta con la siguiente que nos llevará a Turrillas, en la otra vertiente de la Sierra de la Alhamilla. El descenso se hace aún más espectacular, presidido el fondo por los campos de plástico que se extienden a los pies de Níjar. El avezado conductor deberá poner el cuidado oportuno en lo que es una carretera de montaña desprovista de "quitamiedos", que deja entrever de nuevo otras eras circulares escalonadas antes de llegar a nuestro destino. Atravesaremos la localidad para tomar algo más adelante, la Autovía del Mediterráneo, en dirección a Almería. La Sierra del Cabo de Gata se despide de nosotros en el horizonte mientras nos encaminamos hacia el mar por el interior de los Campos de Níjar. Un rápido y corto trayecto nos permite salvar la distancia que nos separa de Retamar, donde comenzamos la ruta y continuar hasta la capital. Muchas han sido las visiones y sensaciones que hemos tenido la dicha de conocer en esta primera ruta. Que sirvan de aliciente y ánimo para continuar con las siguientes, donde nos sorprenderemos aún mas con otros contrastes, espacios, monumentos y gentes que enriquecerán, cuando no transformarán, la percepción que tenemos de esta provincia.